Las deshoras del donjuanismo

Publicado por el Apr 24, 2016

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No celebraremos demasiado esa titulación fácil de “los amores otoñales”, porque todo amor se parece a un verano, o quiere parecerse, y porque seguro que no le gusta al enamorado o enamorada que le saquen la contabilidad de la edad. El otoño quédese mejor para liturgia o adorno de los parques. Apunto todo esto porque están en la copa del momento algunos hombres que viven un amor acaso sorpresivo, pero apasionante, y quizá hasta apasionado, en las horas altas de las biografías respectivas. Es algo así como un donjuanismo en sus deshoras. Ahí están Mario Vargas Llosa, y el Marqués de Griñón, entre los ejemplos más recientes. Y acabamos de ver al duque de Alba de paseo por la Feria de Sevilla con una norteamericana de dorada estampa. La chica se llama Alana, y se emplea de productora de cine y televisión, hasta donde aquí sé. Guapa es guapa como dos soles. Estamos ante una punta de ejemplos de hombres que han nacido “jóvenes para toda la vida”, según la máxima insuperable de Pablo Picasso, que fue macho en vigor hasta que ya no pudo más, y cayó en la tumba. La moda no es nueva. Pero antes estas cosas de aparejar un romance o noviazgo de mucha revista, más allá de los sesenta, eran un vicio alegre de Julio Iglesias Puga, aquel autor mítico del hit “raro, raro, raro”, cuyo ideal en la vida era morir rodeado de mujeres guapas. A mí me lo repetía desde el teléfono de algún escolta, cada vez que cruzaba Madrid: “Las mujeres guapas, eso es el éxito, Herrera, morirse entre mujeres guapas”. Y cortaba enseguida sin decir adiós, entre la travesura y la urgencia, como si tuviera a una maniquí americana esperando en el hotel, que a lo mejor sí la tenía. Estas cosas del amor de deshoras biográficas son algarabías de tradición, y entre los famosos se suelen dar con frecuencia no insólita. Pero últimamente parece que prende fácil el amor en hombres setentones, o casi, según el caso, y esto es reseñable, aunque son hombres de buena lámina aún, y mejor pelo. Antes, a esos riesgos sólo llegaban algunos contentos, o aventureros, por un costado, y luego la duquesa de Alba, por otro costado, porque la duquesa de Alba también nació joven para toda la vida, y salió un poco punki de palacio. Hoy vemos que Isabel Preysler se ha concedido el Premio Nobel de los noviazgos, y que por amor se ha dado a la lectura de un clásico que se ha venido a vivir a casa, Don Mario Vargas Llosa. La novia de Carlos Falcó, Marqués de Griñón, se nos ha presentado con mucho show de páginas, y va muy deprisa en el arte de dar titulares: “Estamos felices, enamorados, encantados. Nosotros no notamos la diferencia de edad”. Se llama Esther Doña, es una morena de muy fino cromo, y no ha cumplido los cuarenta abriles, según los curiosones de hemeroteca de internet. Va a ser verdad el tópico de que el amor no tiene edad. O sí. La edad de la mujer que está a tu lado. Es palabra del donjuanismo, que no cesa.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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