El regreso de una musa

Publicado por el Apr 3, 2016

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Se casó Mar Flores por lo casi secreto con Javier Merino, y ahora se descasan, vía comunicado. Ganamos, en su día, a la esposa de un rico, y perdíamos así a la aspirante perpetua a protagonizar la boda del siglo. Ahora Mar regresa a la soltería, que es el vivir suelto, o suelta. Hay show, tenemos faena. Yo frecuenté a Mar cuando ya era archifamosa, con programa propio en Canal 9, y luego me llegó a confesar que en algún momento la vida le interesó poco, o nada, durante un encuentro de mañana en su casa de Madrid, desayunando cerveza. Mar es quizá una de las chicas más monumentales que uno ha visto y tratado. Tiene belleza, o sea, belleza de peligro. Mar, en algún momento, iba para Isabel Preysler, pero era, quizá, poco filipina. Hasta llegó a la Casa de Alba del brazo de Cayetano Martínez de Irujo. Todo aquello ya pasó. De modo que se nos quedó en una Preysler castiza y peatonal, digamos, y funciona siempre muy bien de chica gancho de cualquier firma, o de ella misma, porque el famoso o famosa, cuando triunfa, es un spot en sí mismo. Estamos ante una archifamosa guadiana, porque fue a las portadas, y de las portadas volvió, y luego huyó a su matrimonio con familia, durante muchas temporadas. Pero Mar está siempre, si nos fijamos, aunque a veces no ha estado. Ha llegado a este virtuosismo de birlibirloque de la propia fama después de una juventud de amoríos desiguales y hasta cuernos a la luz de una farola. Mucho music-hall biográfico, en fin, hasta que se casó con Javier Merino, y pasó así a una vida serena, ya libre de chismes tóxicos y cháchara infamante, de esa que saca mucho porvenir del pasado. Fue maniquí, de arranque, y enseguida andaba en los oficios de famosa de mucha lámina, con ambición de actriz y un jaleo de hombres que le acabaron saliendo entre mal y muy mal. Ha sido guapa de póster, ajetreó en la tele, y se metió un poco en el cine, que yo creo que era su última y primera vocación no secreta. Que era, y es. No ha salido más casquivana que otras, ni tampoco menos, pero sí, a menudo, más cándida. No es más boquita pintada que otras, ni tampoco menos, pero sí a menudo más confiada. No tiene ni más ni menos deshoras de hotel que otras, pero sí peores compañeros de viaje, por no decir compañeros de cama. Mar ha sido Mar, pero también sus “amistades peligrosas”, que amaron las portadas, como ella misma. Su regreso a la soltería es una noticia de alboroto en las redacciones de lo sentimental, y en algunos salones de la murmuración de cóctel. Fue una gran musa de la peluquería. Y luego se repartió entre mamá de sus querubines y madrina por horas de escaparates caros. Ha vuelto la que nunca se ha ido del todo.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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