Amar en Madrid

Publicado por el feb 14, 2016

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No es que haya fijamente un Madrid de los enamorados, aunque un poco sí, porque ya hay empresas que te aparejan una ruta por los recodos de los Austrias, a trote de seat seiscientos, o bien en limusina, mientras te van dando a toda minucia el relato de los amores de los reyes de la ciudad, desde Alfonso VI a Felipe VI. Esto, obviamente, no es sólo un paseo preparado para San Valentín, sino para cualquier día del año, y el personal aprovecha, incluso, y va y pide en la travesía boda al acompañante. El amor de calendario tiene cierta fama cursi, y bien ganada, además,  pero esto no debiera impedirnos la sugerencia de algunos sitios o planes que son, en efecto, propios de románticos, con próximo afán nupcial, o sin él. Julio Cortázar escribía de la continuidad de los parques, en un cuento insuperable, y traemos aquí el concepto, “continuidad de los parques”, porque acaso el parque es el domicilio de la aventura del amor, y un domicilio sucesivo, porque un parque es, efecto, todos los parques, o sea, el parque infinito. Un día del  amor, pues, puede empezar en el jardín El Capricho, en la Alameda de Osuna, y acabar en el jardín o terraza del Museo del Romanticismo. Estamos, en este caso último, ante la recreación de un jardín cerrado del XIX, y en el primer caso ante el único parque del Romanticismo de Madrid, un parque inventado para el escondite de los amantes y los laberintos de los adúlteros. No porque ambos estén ligados a épocas de vitola sentimental los traemos hoy aquí, sino por su belleza de enclave recóndito, en un caso, y por su geometría de dédalo de las correrías secretas, en el otro. La continuidad del parque puede completarse con los Jardines de Sabatini, o el Real Jardín Botánico, que ya sabemos que son dos piezas de majestad, para amantes recientes o antiguos. La azotea del Bellas Artes es otro sitio deslumbrador, e inolvidable, si uno busca un paisaje urbano a la celebración del amor. Tiene las vistas en círculo más apoteósicas de la ciudad, y remacha ideal una copa de mediatarde, o bien la copa que puede ser varias copas, tras la cena preceptiva. Y a propósito de eso, de la cena, proponemos cuatro sitios románticos, pero sin ñoñería. O sea, fascinantes de decoración, y con menú competente. Uno: El restaurante Asiana, algo caro, pero infalible en su calidez oriental. Dos: la “Bodega de los Secretos”, un pasadizo del siglo XVII, en el barrio de las Letras. Tres: “Vinoteca Moratín”, en el mismo barrio, de inspiración bohemia. Y cuatro: el restaurante “Bar Galleta”, para modernillos tirando a pudientes, en Malasaña. Claro que hay más. Pero la continuidad de los parques, en el amor, desemboca en una cena. La cena de un día  entre paréntesis, que dijera el citado Cortázar, a otros efectos.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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