Un optimista del riesgo

Publicado por el Feb 7, 2016

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Hay gente que es lo que parece, y en ese linaje toca incluir a Manuel Díaz, “El Cordobés”, que no es de la Córdoba lejana y sola del poeta, sino del Madrid puro y duro. O sea, un tipo directo, simpático y de buen rollo. No conozco a nadie que nos negara la adjetivación, si le ha tratado, siquiera un rato. Manuel es “un natural”, que dicen los castizos, un tipo de ley, un optimista del riesgo. El apodo le viene a Manuel de lo que le viene, porque según le avaló su madre, y según él mismo concede, su padre es Manuel Benítez, El Cordobés, aquel exótico que sostuvo doctorado de matador en los años sesenta, y más allá de los sesenta. Un figura, y una figura. A Manuel Díaz lo dan por hijo de su padre todos los papeles, pero ningún papel de solvencia, porque no hay, todavía, ningún reconocimiento oficial de paternidad. Manuel ha echado a rodar la demanda de paternidad, con mucho trueno de polémica, y su padre, o sea, su supuesto padre, sigue por ahí mirando a otro lado, no sabemos si con cabreo, o con indiferencia, pero siempre con todo ese empaque del matador al que le asoma, ya veteranísimo, el bronceado interior de haber toreado mucho en Las Ventas, y en la vida. Parece, con esto de la demanda de paternidad, que Manuel Díaz quisiera completar la biografía de Manuel Benítez, pero en rigor quiere completar la propia, porque la falta siempre un abrazo, y porque le falta una prueba de ADN. De modo que se ha ido a torear de pleito. Manuel siempre ha creído la versión ofrecida por su propia madre, María Dolores Díaz González, que confesó amores con Benítez, y salió embarazada, para enojo y hasta represalias de su padre, al que llamaban “El Serio”. Manuel Díaz no viene del hambre, como tantos toreros, pero sí conoció un largo calendario de privaciones, porque a veces la vida no es noble ni buena, como arriesgara un clásico. Trabajó de lavacoches en una gasolinera de Córdoba, entre otros oficios de inclemencia, y se hizo matador de toros por llamar la atención de su padre. Hoy es dueño de una finca, porque los grandes se compran una finca o los mata el toro, y está casado con una dulce venezolana, Virginia Candia Troconis, que no da un ruido. Manuel ya ha sentado por ahí que Virgina le respalda siempre en sus decisiones, y todavía más en esta última, que es quizá la primera decisión biográfica del torero, que pretende esclarecer su vida por ir así esclareciendo las vidas de sus hijos, huérfanos de abuelo. Antes de Virgina, Manuel fue el hombre de Vicky Martín Berrocal, una sultana de lámina de la que se separó por el rito de lo cordialísimo, según hábito infrecuente, entre famosos. El empresario José Luis Martín Berrocal le ponía el Rolls a Manuel a la puerta de los hoteles, antes incluso de que fuera el novio contento de su hija fastuosa.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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