Un duque en tiempos de crisis

Publicado por el Jan 25, 2016

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Al duque de Huéscar se le pilla a veces, yendo y viniendo por la mañana de la calle Princesa, en Madrid, muy solitario de gabardina, porque vive ahí, en el Palacio de Liria. Se le ha quedado un perfil de óleo, y un pelazo senatorial, donde las canas casi hacen melena. Estamos ante Carlos Fitz-James Stuart Martínez de Irujo, primogénito de Cayetana, heredero del ducado de Alba. Ha recibido casi cincuenta títulos nobiliarios, ligados a la Casa, y preside la Fundación de la misma, cuya jefatura mueve desde hace años. Es suyo el deber de preservar el largo patrimonio de linaje. Y en la afinación de esos afanes anda. De modo que lleva los dineros de la familia, y ya advierte que la Casa de Alba dejará, poco a poco, de ser mediática. Eso advierte él, pero ya veremos. A Carlos no le gusta ni poco ni mucho la prensa del corazón, y se prefiere lejos de las alegrías populares, o peatonales, de su madre ilustre. Es hombre de poca o ninguna portada, y ese apartamiento va con su carácter, que es ceñido e incluso ensimismado, muy parejo al de su padre, Luis Martínez de Irujo. Ha escogido, para lo público, un meditado apartamiento, pero anda a rachas en los papeles, muy a su pesar, por los asuntos de transmisión de la herencia histórica, y por los encuentros o desencuentros con alguno de los hermanos. Tolera a la prensa, pero a menudo la prensa le cabrea, y acaso en su cabreo lleva a veces razón. Por ahí se vino divulgando que se llevaba regular con Cayetano, pero Carlos  atajó el runrún por lo corto: “Las relaciones son buenas”. Estas cosas las suele regalar mientras le entrevistan a propósito de los propósitos en la gestión de la Casa de Alba. “He de vender cosas para conservar el patrimonio de los Alba”, ha dicho hace poco,  entre el diagnóstico y la resignación. “Los tiempos son los que son”, que es como decir que la crisis también llega a palacio. De momento, el palacio de Dueñas, en Sevilla, se abre el público, aunque no el de Liria, tan museal. Estuvo casado con la aristócrata sevillana Matilde Solís, una chica de triste hemeroteca en las crónicas de famosos con depresión. Estuvo casado, hasta que se separó. Con Matilde tiene dos hijos prósperos. Ama el esquí, la navegación, la caza. Hace unas temporadas, compartió titulares con Alicia Koplowitz, y no precisamente por causas de tertulia empresarial. Ni él, ni ella, dijeron nunca nada al respecto de aquella amistad mutua, según era previsible. Fue padrino de boda de su madre por dos veces, una en el 78, cuando Cayetana casó con Jesús Aguirre, otra en el 2011, cuando lo hizo con el funcionario Alfonso Díez Carabantes. Caballero maestrante y miembro de la orden militar constantiniana de San Jorge, su madre contaba que jugó, de niño, entre obras de arte. Son las que hoy administra, bajo el gesto quieto de quien sabe que en el pasado está el futuro.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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