Un relevo de musas

Publicado por el Jan 17, 2016

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Marcela Topor no ha dejado en twitter ni su foto de perfil, porque el pasado a menudo lo carga la munición del diablo, porque a veces el pasado reúne mucho porvenir. De modo que Marcela es la consorte de Carles Puigdemont, pero una consorte sin rastro en las redes, porque ha entendido rápido que no dejar memoria es una pureza. Mejor venir desde el futuro, que es lo que ahora toca. Avala, así, alguno de los tópicos que la adornan, según retrato de quienes saben. O sea, que es lista, y discreta. También que es tímida, y laboriosa. A Marcela Topor la abrevian, los más cercanos, en el apodo “Mars”, igual que a su marido, los allegados de Gerona, lo aluden a ratos como “Puigdi”. Pues Puigdi y Mars ya son un poco como Jordi Pujol y Marta Ferrusola, sólo que al contrario, y nos referimos no sólo a la lámina atuendaria, o de peluquería, sino a las peripecias biográficas o afanes profesionales. Marcela, rumana, y filóloga, no reúne rancio abolengo, como la señora Ferrusola, porque supo, de niña, las colas de las hambres de Ceaucescu, ni su marido –el de Marcela, no el de Marta- ha cumplido gala alguna por los juzgados de la corrupción. Se casaron en el 2000, por el rito católico, en Roses, en Gerona, y luego por el rito ortodoxo en Bucarest. Estamos, con Marcela, ante una mujer que muy probablemente suscribiría aquello de no soy “la mujer de nadie”, que soltó en su momento Helena Rakosnik, señora de Artur Mas. Helena y ella, por cierto, se han reunido de foto, en estos días, y eran la postal del relevo de musas del independentismo, pero en dos versiones distintas y a rachas contraria, una rumana de morenía, la otra checa de mechas rubias. Rakosnik viene de varios años de primera dama de la Generalitat donde supimos que se casó con Artur Mas en el 1982, que conoció a su marido en una boda, y que  no sostienen discusiones ideológicas de mayor cuantía, porque “la complicidad es total”, según se ha publicado por ahí a diversos efectos. Tienen dos hijos. Rakosnik ha llevado, en estos años, una doble vida, digamos, la de profesional de los Transportes Metropolitanos de Barcelona, en la mañana, y luego, en la tarde, la de compañera de expedición política de su marido. Marcela se desempeña, en Cataluña, de periodista y presentadora de televisión. Habla inglés con todo rigor, y también catalán. Se ha arriesgado ya por ahí que va a seguir en los mismos oficios, y que está en su voluntad evitar en lo posible el escaparate, prosiguiendo la vida en Gerona, como hasta ahora, junto a sus dos hijas. Marcela conoció a Carles en el 1998, cuando ella llegó a Girona, de actriz, a participar en un festival de teatro amateur. Parece que lo de Marcela y Carles fue un flechazo. Hasta hoy, hasta ayer. Al marido, cuando el nombramiento de presidente, le dio en la boca, ante la afición, un beso de embeleso.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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