La doble vida del árbol

Publicado por el Jan 8, 2016

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El Ayuntamiento, en Madrid, ha comenzado la campaña de recogida de árboles de Navidad. Se trata de buscarles una nueva vida a tantos árboles que han estado ahí, firmes y fraternos, durante las fechas festivas, cumpliendo en cada casa su oficio de ornato sentimental. Hablamos, naturalmente, de aquellos árboles vivos que han sido uno más de la familia, en los días pasados de diciembre, y ahora corresponde darles otra vida, la vida de árbol sin adorno, de árbol puro, la vida que acaso llevaban antes, cuando aún no habían sido un monumento navideño en el rincón del salón. Para eso el Ayuntamiento ha dispuesto de dos sitios de recogida para los árboles navideños. Uno, en el Vivero de Estufas del Retiro. Otro, en los Viveros de la Casa de Campo. El árbol de Navidad ha cumplido, durante días largos, en nuestras casas, como un pariente más, como un árbol que es de la familia, pero que tiene que hacer luego su vida, cuando ya ha reunido a sus pies los regalos de Reyes de los chavales y ha tenido a su alrededor el jaleo de las visitas, que suelen mirar a veces el árbol de Navidad como quien mira un bargueño, o un piano. Como quien mira a un exótico pariente más o menos lejano. El árbol de Navidad, en efecto, es como un primo algo irreal que nos visita cada año y ahí se queda quieto, sin dar un ruido, con toda la joyería de las luces encima, hasta que llega el día siete. Y entonces toca darle al primo una vida mejor, una vida otra, porque el primo es un árbol, y le va por dentro la vida, y hay que conceder el árbol a los del Ayuntamiento, con cepellón incluido, para que consiga el árbol su navidad fuera de la navidad. Conviene no darles funeral a los árboles de Navidad, si éstos son árboles vivos, naturalmente, sino una vida alegre en los viveros municipales, donde crecen  entre hermanos, y saludables y resueltos y a lo suyo, cada uno como un rey único de la selva municipal. Los árboles artificiales se suelen guardar en un altillo, para el año siguiente, pero a los árboles de verdad hay que darles otra vida, la segunda vida después del turrón y los villancicos. Con ellos se apaga la Navidad, la misma que encendieron. Ahora toca que hagan copa por ahí, libres al aire.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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