A bordo de la sonrisa

Publicado por el Dec 19, 2015

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Raquel Sánchez Silva es una chica que siempre sale muy riente en las fotos, como si nunca le hubiera llegado al corazón la quemadura de la tragedia. Pero la tragedia sí le llegó, y tan encendidamente, cuando fue viuda súbita, e inesperada, porque su marido, Mario Biondo, murió en Madrid, a causa de un “desgraciado accidente”, término que usó en su día la propia Raquel, para decir sin decir que aquello no fue un suicidio propiamente dicho. “Un desgraciado accidente”, sí, dejémoslo ahí. Tampoco vamos a insistir en detalles de tan amargos azares, porque aquí hemos venido a rematarle el retrato de mucho futuro a una chavala de la tele que saca libro, y porque a veces el mundo no merece la verdad. Raquel igual te escribe un libro contra las virtudes de superwoman que se va de pronto a una isla de concurso, a presentar el desmadre entre palmeras. Raquel hace muchas cosas, y siempre queda más allá de la sonrisa, como recontenta de pelo atirantado. Yo arriesgaría que se ha buscado sitio en la biografía de profesional del optimismo, aunque los daños naveguen por ahí dentro. Digamos que hace suyo aquel lema de Borges, que aupaba que tenemos la obligatoriedad de la felicidad. Raquel se obliga a ser feliz, aunque pareciera que en ella la felicidad es una cosa natural, y hasta vitamínica. Insisto en que se ve mucho eso en las fotos que se hace, posadas o no. Ahora, tras época dura de luto, tiene Raquel motivos, además, para vivir radiante. Resulta que se cumple en su vida la página de “recuperar la sonrisa”, que suelen escribir las cronistas urgentes, y a veces con razón. Cuida Raquel dos mellizos recientes y prósperos, fruto de su relación con Matías Dumont, un ajetreante argentino, y ha cambiado de domicilio laboral, en la tele, porque se ha despedido de Mediaset, y la saludan de fichaje en Movistar+. Digamos que empieza en la tele, tras varias veteranías. A veces, le ha tocado llevar la batuta de desorden en los platós de chabelitas, y yo ahí la veo, en general, mejor que la chusma habitual de esos repartos,  como tirando más del oficio que del entusiasmo. Raquel ha hecho de todo, en la tele, desde espacios informativos, o deportivos, a guateques de trotamundos como “Pekín Exprés”, o bien otros. Se embarazó bajo tratamientos de reproducción asistida, y en esa experiencia pilló inspiración para dejar testimonio en libro, bajo el título esclarecedor de “Tengo los óvulos contados”. De manera que el papel de madre lo ha doblado del papel de escritora. Raquel pudo quedarse un poco o un mucho viuda de sí misma, cuando la vida se le puso cruel, y adversa, pero remontó deprisa, bajo la obligatoriedad de la felicidad. Que a veces es también la urgencia de la felicidad. Ahí la tienen a bordo de la sonrisa que es risa. Lejos quedan aquellos que pretendieron  morbo y despiste. Dolores de añadidura. Telebasura.

 

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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