Cumpleaños con pamela

Publicado por el dic 13, 2015

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La elegancia la prestigian los años, y por eso una felicitación de calendario, en la Infanta Elena, es también un homenaje a su lámina. Cumple años en la semana próxima. La Infanta Elena ha pasado de ser una chica con el armario más bien equivocado, allá por el 93, o el 94, a resultar una señora que no se ha quedado en la consabida corrección en el vestir. Al contrario.  Pretende siempre la imaginación en el detalle, de las medias de rejilla al pamelón de plumas. En eso reside la luz propia, la huella personal, la elegancia fijada. La elegancia, en nuestra Infanta, no son tres trapitos de oro, firmados en París o en Milán, sino una actitud, una rara distinción, un afinamiento o refinamiento, que es lo que los estetas y algunas enteradas llaman figura o clase. La Infanta Elena, hoy, la tiene. No se logra lo suyo con una parroquia de asesores de imagen ni con un pastón en chaquetas de Dior o de Givenchi, que son dos de sus modistos favoritos, sino con unas ansias interiores de auparse en la distinción y hasta en la perfección, que sólo puede ser sucesiva, como arriesgara el poeta.Encima, perdió peso, y da, de frente o de perfil,  más fina estampa, contra esas otras imágenes, ya de la memoria, en las que a veces cargaba los modelitos con todo el escalofriante barroquismo de las bodas latinoamericanas, con volantes locos o sobrefaldas feroces, entre el bombón glasé y el adorno navideño. Si le ponemos, de pronto, a una señora corriente y macizorra  el exquisito conjunto que se puso la Infanta para la boda de Alexia de Grecia, por ejemplo, pues resulta que nos puede salir una hermana mal calculada de Aramis Fuster, bajo aquel lema exótico de “antes muerta que sencilla”. Si a la luminosa María Dolores Pradera, por ejemplo, le ponemos tres harapos de huérfana, pues resulta que siempre nos sale María Dolores Pradera, que es un dorado ejemplo de mujer elegantísima. Digo todo esto porque, contra lo que se cree, hay que vestir la ropa. Y a esos virtuosismos sólo se llega con la inteligencia y con los años, preferiblemente muy sujetos de delgadez o esbeltez. He aquí el caso. A su lado, completando siempre la distinguida estampa, hemos tenido, durante años, a Don Jaime de Marichalar, que lleva su salud con un dandismo de callado que jode mucho a los cronistas miopes. Doña Elena y Don Jaime promovieron el ejemplo de una pareja elegante, con la distinción medida en la adversidad y, naturalmente, en la buena ropa. Don Jaime amarichaló a Doña Elena, que es como decir que la afrancesó.La Infanta, cuando sale a algún cóctel de oro, es un dictado de elegancia de salón, con telas de pasear palacios y algún tocado o peinado de complicada artesanía. Hasta nos hemos olvidado, con su figura, de las fastuosas princesas extranjeras de hoy y de siempre. Lo digan las encuestas o no lo digan. Que muy a menudo sí lo dicen. Cumple años con la pamela puesta. Aunque la pamela no se vea.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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