Entre la gala y el súper

Publicado por el Dec 5, 2015

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María Luisa de Prusia es una princesa que va al súper, y no ponemos aquí la frase por gancho o gracia literaria, sino porque es verdad, y vayan, si no, a preguntar a los vecinos de la zona correspondiente, en la Marbella de siempre, donde vive nuestra protagonista. Si miramos el mapa genealógico,  nos sale que María Luisa de Prusia tuvo de bisabuelo al último emperador de Alemania, Guillermo II. Con las gafas de mirar ya más de cerca, nos asoma que ella y la Reina Sofía son primas, una Reina Sofía que tiene de ahijada a Sophie Von Schonburg, hija de María Luisa, que se casó hace no mucho en Ronda, en una fiesta donde se incluyó un coro rociero, y la aristocracia de vitola de zona, obviamente. María Luisa de Prusia no frecuenta a su prima ni mucho ni poco, pero sí lo suficiente para ir arrimando juntas el hombro, cuando toca,  en la fundación de lucha contra el SIDA, que Maria Luisa preside. Y aquí queríamos llegar. La princesa va al súper, pero sobre todo la princesa va cumpliendo la biografía de la perfecta aristócrata, que tiene dos mitades mayores, la familia, y la solidaridad. Casó con el popular Rudolf Graf Von Schonburg, el conde Rudi, uno de los impulsores principales de la Marbella gloriosa de los 60, o los 70, socio de su primo Alfonso de Hohenlohe, y fundador del Marbella Club, ese sitio selecto donde se ocultan sin ocultarse los famosos no de garrafón o trimestre. Lo conoció en Somalia, donde ella se desempeñaba de enfermera de niños, aunque alguna otra vez se habían cruzado, un momento, en algunos eventos familiares comunes, porque si reabrimos el mapa genealógico, resulta que el matrimonio tiene parentescos en las lejanías de antepasados. Ahí lo conoció, y luego todo seguido hasta ahora, durante medio siglo de ir repitiendo en Marbella unas galas minuciosas y de tronío deslumbrante, por hacer tesorería de causas solidarias. Alfonso de Hohenlohe les montó a la pareja en el Marbella Club una gran fiesta de compromiso que duró una semana. A María Luisa, Marbella, en un reojo  de lejos, le parecía un paraíso de la vida fácil, y jamás pensó que su vida podría prosperar tan lograda en ese sitio, y tan dichosa. Y sus padres aún menos. Pero ahora tiene hijos malagueños y dice con sonrisa que trabaja para devolverle a Marbella, y a la vida, algo de lo mucho que le han dado. Por su hoy marido, escapó de Londres a Marbella. Tiene el bronceado interior de los que tienen en el trato un fino oficio, y una estatura de casi giganta de buena sastrería. Los ojos son ojos claros del mismo color que el de la Reina Sofía, que no sabemos nunca qué color es. Trabajó para Unicef, durante años, y luego ha ido tirando del carro de la Asociación Concordia Antisida. Nunca se vio de atareada del golf, o forofa de la biografía de echar el verano entero bajo una palmera. Digamos que es la princesa un tesón que no se despeina.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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