Una emprendedora de la fantasía

Publicado por el nov 28, 2015

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Paola Dominguín es de hueso alto y familia museal, porque si miras al fondo hasta nos sale Pablo Picasso como un pariente de tránsito, entre Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé, que son los padres de trueno de nuestra famosa de hoy. En su día, militó en los oficios de maniquí, engrosando y hasta prestigiando esa exótica condición laboral, bajo aquella máxima de Coco Chanel: “la elegancia es el esqueleto”. Pero no ha sido modelo de creérselo, porque no es una monada al uso, entre otras cosas, y porque enseguida se dio a los vicios del baile, o la interpretación. La dispersión no es alternativa de provecho, pero Paola ha logrado un sitio a fuerza de ir probando promiscuidades, que en su caso van desde las faenas de actriz a los peligros de empresaria. Allá por el 2005, o algo antes, quizá, se puso a empujar un tinglado propio, con vínculos en la moda. De modo que es una emprendedora que viene de atrás. Pero una emprendedora de la fantasía. Ahora tiene una crema en promoción, porque el famoso de verdad se convierte en un spot, con el tiempo, igual que el académico se convierte en un sillón, al morirse. Paola siempre está ahí, y luego no está, porque vive en la moda, y no en una moda. Ha diseñado joyas, maletas, muebles. Hay algo naif en ella, pero naif de chica larga que se las sabe todas. Repercutió, de joven, como una belleza almada que ahora lleva gafas. Pero gafas de galerista que expone sus propias invenciones con color de infancia. A veces, va y se echa un momento a los platós de injuria, pero sale tan bien peinada como entró, y como una amiga de la afición de la audiencia, una amiga que vuelve, aunque nunca se había ido del todo. Tuvo un tiempo en que se apasionó por la esgrima, y otro tiempo en que practicó el funambulismo. Pero no la esgrima verbal de plató, o el funambulismo de las variedades, sino la esgrima o el funambulismo propiamente dichos. En París, durante años, la adiestró en la mímica mágica Marcel Marceau. Con Jose Coronado tiene un hijo, Nicolás, y con Manuel Villalta una hija, Alma. Se retiró a Valencia, por evitar los excesos del cancaneo madrileño, aunque no tanto, si hay tajo. De Jose Coronado le preguntan mucho, obviamente. Ahora y antes. Reconoció, en su día, que el actor no era un prodigio de fidelidad, aprovechando para elogiar lo bien que iba el mozo cumpliendo años. Igual te cuenta unos cuernos de juventud que un dibujo para vajillas. Le pone tanta naturalidad al relato de imaginación como al relato de traspiés, o adversidad. Ha sido desde siempre la musa de Francis Montesinos, pero ha sido retrato, y percha, de los mejores de aquí, y de Europa. Es Paola una hermosa de cuando las guapas no eran una parentela de photoshop. Una mujer distinta que igual promueve una crema que diseña un cartel de toros.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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