El viaje sin viaje

Publicado por el Nov 21, 2015

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De algún modo, nuestras vidas entran a ratos en la T-4. Otra cosa es que la T-4 logre entrar en nuestras vidas. Al menos, en la vida de algunos, que yo diría que estamos viejos, o inútiles, para tan sofisticado viaje. No hablo del viaje propiamente dicho, sino del viaje por dentro de la T-4, que es un cruce de continente y ordenador. Escribía Baudelaire que “el viaje es el proyecto”, pero no estoy yo demasiado contento con este proyecto, que no es la imaginación del viaje, sino su burocracia. Soy de los que en la T-4 se cansan. Soy de los que en la T-4 se desesperan. Claro que el sitio es todo un monumentazo de tecnología punta, con vidrieras de cielo y ordenadores algebraicos, pero el viajero ha de poner mucho desvelo y mucha sabiduría en estos adelantos, que son una barbaridad, y como tal barbaridad lo consiguen todo, menos que pilles quizá el avión a tiempo, y con buen humor. A mí tanto despliegue me hace un poco paleto, y del ferrocarril. Estas catedrales de alta informática requieren mucho pluriempleo del viajero, que tiene que valérselas rápido entre pantallas matemáticas, ascensores que dan a otros ascensores y autobuses de ráfaga que funcionan sin conductor. Te lo cuenta todo una voz que viene de ningún sitio, y acierta. Lo de antes era soltar el billete en su sitio, facturar el equipaje, y mirar en la pantalla la puerta correspondiente. Hablo de la T-1, por ejemplo, que ha quedado como apeadero, al costado de esta monstruosidad fabulosa e infalible de la T-4. El trámite del turista o viajero sigue siendo el mismo, naturalmente, sólo que ahora las distancias son lejanías, las puertas son un birbilirloque de laberintos y la señorita de información habla en megas, o algo así. A mí señoritas de información me parece que siempre hacen falta más. Megas, o algo así, yo creo que sobran, quizá. Tiene uno la sensación de estar en el extranjero, antes de salir. Tiene uno la sensación, e incluso la convicción, de cumplir dos viajes. El viaje por la T-4 y luego el viaje propiamente dicho. Suele ser más largo, impredecible  y hasta accidentado el primero. Yo sé que hay quien se busca otras compañías aéreas para ahorrarse sobresaltos que suelen ser cabreos.En lo de facturación, el mozo solícito responde a mi asombro o extravío:

-Esto  es el futuro, joven.

Y el futuro queda a unos cuantos kilómetros de puertas sucesivas, abismos de cristalería y desiertos de soledad con algún perdido que siempre pregunta lo mismo: ¿Y dónde acaba esto?”. Pues igual que nosotros.

 

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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