Reyna Sofía

Publicado por el nov 3, 2015

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No es que en los sucesivos retratos concéntricos de la familia real nos dejemos para el final a doña Sofía, pero un poco sí. Un poco, o un mucho. Resulta que Doña Sofía resulta mujer de pleno acierto, y eso da el juego justo en las crónicas o retratos. Le hemos puesto mucha prosa a la campechanía de Don Juan Carlos, a la solvencia de Don Felipe, o a la zapatería de Doña Letizia, pero se nos acaba el folio antes de glosar a Doña Sofía, que tiene una glosa larga y entusiasta, empezando o acabando por sus ojos de color visón imposible. Ayer cumplía setenta y siete años, y va concretando por ahí una placidez de alto atareamiento, un sosiego de mucha agenda, una solvencia de elegante que nunca cambia el peinado, porque todo estilo es una insistencia. No me gusta demasiado el retrato de “corte y confección”, en estos casos, pero no se nos escapa que la ropa es un lenguaje, y Doña Sofía practica la impecabilidad como naturalidad. Ha logrado cruzar la eficacia con la distinción, lejos de apuntarse a los roperos de la moda y otras convenciones de poco momento. Ha logrado que su clasicismo, por reiterado, se aúpe en la singularidad. Es lo que a otros efectos el poeta definiera como “ser brillantemente monocorde”. No vive en el riesgo, pero cuesta imitarla. Tiene algo de Reyna Sofía, así, con la “y” desusada de una majestad de siglos. A veces la han sacado de campeona en las encuestas inevitables de la elegancia, pero creo que aún dice más, y mejor,  de su figura que muy a  menudo sale en los podios de los españoles más queridos, junto a Casillas, por ejemplo, cuando Casillas no se veía trabajando jamás en el extranjero. Practica la fidelidad a un único peinado intemporal, como su madre, Federica de Grecia, y en esta peluquería sin peluquerías quiero yo ver una garantía de carácter, y hasta un carácter de garantía. No ha perdido tarea, desde que Doña Letizia es reina, sólo que ahora las tareas son otras, mayormente la Fundación de su nombre, que ampara a los aquejados de alzheimer, y a otros desfavorecidos de la pobreza. Siempre la hemos contemplado entre quieta, y muy quieta, pero estamos ante una mujer que nunca para, si se fijan. A la prensa, cuando toca, le da una frase ceñida, y en este mismo periódico le he leído que “no basta con estar, hay que hacer. Lo principal en nuestra vida es el otro”. Parece un lema vital, y lo es. Diríamos que ahora afronta una imprevista soltería laboral, al costado intermitente de Don Juan Carlos, y un paso atrás de Doña Letizia, que prospera en el relevo de tantas cosas. No ha sido para ésta una suegra respondona Doña Sofía sino más bien una avalista que no se esconde. Coinciden quienes la conocen en que fue un día de felicidad mayor el día que vio a su hijo proclamado rey. Aunque ella ni antes ni después cambió el compás, ni el afán, ni la paciencia. Tan de Reyna. Como el peinado.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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