Una despeinada interior

Publicado por el Oct 12, 2015

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Era fácil pensar que finalmente podía vencerla el cáncer en curso, pero la acabó un relámpago del corazón agotado. Tenía altos galardones, pero ella sólo presumía, y tampoco mucho, de sus años de presidenta de la Sociedad General de Autores, en Madrid, donde los azares acordaron la otra mañana su momento último. Cumplió a menudo de actriz, pero su fósforo principal estaba en la escritura. En la escritura teatral, y en la otra, la prosa de cuento o novela, con la que incluso se asomó un día al premio Planeta. Tenía por deleite mayor un paseo por la Concha, hasta Ondarreta, en larga errancia, para rematar con un recóndito bar de gin-tonic. Hay algunos teatros municipales que llevan su nombre. Era seguidora de algunos toreros, como el Juli, aunque no frecuentó Las Ventas. Colocó al primer Bardem jovencísimo en la serie “Segunda enseñanza”, un exitazo de televisión de su firma, que ya había triunfado antes, en la inolvidable “Anillos de oro”, donde embelesaba a Imanol Arias, su pareja para desanudar jaleos de abogados divorcistas. Fue la gran renovadora de la televisión dramática, y golpeó en varios triunfos sucesivos hasta lograr después “Los ochenta son nuestros”, un despliegue de análisis y contradicciones de una juventud que acababa de inaugurar la libertad. Era argentina, pero habló a España de España, y se casó dos veces con Carlos Larrañaga, quizá porque las penitencias conviene repetirlas. Jamás tuvo para Carlos una palabra que no fuera de elogio, en el matrimonio y luego del matrimonio, aun reconociendo que Carlos mentía como nadie. Fueron pareja durante veinte años, hasta el 99, y ahí estuvo Ana Diosdado, en silencio, según sus modales, cuando Carlos atravesaba épocas malas, o peores, incluida su enfermedad de los tiempos últimos, o penúltimos. La soledad la amenizaba con gatos. Había en ella mundanidad, y humildad, y cuajaba éxitos de mucho trueno sin dar un ruido. Ahora la venimos celebrando mucho con autora teatral, pero su aportación a la fundación de la serie televisiva es suprema. No les hacía ascos a ir a hablar de la leucemia al guateque de Jorge Javier Vázquez, y volvía a adornar a Larrañaga de “tipo espléndido” si le venía con cantinelas de chisme alguna cronista de colmillo. Respondía a todo con una naturalidad balsámica, diríamos, igual de lo íntimo que de lo gremial. No fue ni mucho menos una revolucionaria, pero sí una insólita y sostenida mujer de valentía en muy malos tiempos para la lírica femenina, y hasta feminista. La suya era la osadía de la que procura despeinarse mucho por dentro, mientras por fuera la melena viene a dar un poco igual. Era una despeinada interior, una agitadora de la ternura. La amadrinó de bautismo Margarita Xirgú, la actriz fetiche de Federico García Lorca. Las palabras no bastan para asustarme dijo algún día, recordando cuando le dijeron que padecía cáncer.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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