Aquellas lentejas de Mona

Publicado por el Sep 30, 2015

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Mona Jiménez fue una peruana expansiva, locuaz y hospitalariamente gordita, que echaba de comer un plato de lentejas a la gente de la Transición, citando siempre en su casa, ahí en la calle de Capitán Haya, en el Madrid de los rascacielos. Ponía el apartamento, y ponía las lentejas. No era afán de aliviar las mayores o menores hambres de los ilustres del momento, aquel menú fijo de lentejas, sino excusa, casi exótica, para ir prosperando en un ágora de charla de tuteo, con mucha baraja de gentes, desde Calviño, el de la tele, a Santiago Carrillo, el que usó peluca. Aquello duró cuatro años, o cinco, hasta el 83, cuando Mona echó el cierre domiciliar al invento. Caían, por convocatoria, quince o veinte escogidos, y quizá coincidían algunos generales del 18 de julio con la vieja guardia del Pecé, unos rojeras bullentes que hasta les pasaban el rioja a los militares, o al contrario. Eso, y una mecha alegre de aristócratas diversas, completando la amenidad. Ahí dicen ahora que se vieron la primera vez Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler. Mona era Ana María Jiménez Vásquez de Velasco, según el pasaporte, y era periodista, aunque ejercía lo justo, o más bien nada. Las lentejas de Mona fueron un cónclave diurno de la vida política, o social, de entonces, donde los convidados dejaban el abrigo en la alcoba de la anfitriona, para enseguida darse a un almuerzo de convivencia donde los de la ugeté le acercaban el azúcar a Don Manuel Fraga, que ahí estaba como en su casa, asomando a la conversa abierta sus calcetines de paño a cuadros. Era un gran acontecimiento social, las lentejas de Mona, pero social hacia adentro, porque los convidados no acudían a hacer escaparate sino a probar una intimidad de alterne donde Enrique Múgica se fumaba el puro de ir sin prisas, entre Ramón Mendoza y Pablo Castellanos, que hablaban de la climatología de la democracia, y hasta de la climatología propiamente dicha. Avalan algunas crónicas de la época que en las lentejas de Mona Jiménez muy raramente se deslizaba un chisme, pero también se lee en esos mismos pliegos que no pocos se enamoraban de Isabel Preysler, que a veces pasaba por allí. Como también pasaba por allí Patricia Llosa, que parece que en algún momento tuvo altercado con la Preysler de entonces, cuyo erotismo de exotismo, o exotismo de erotismo, desanimaba mucho a las consortes de algunos ricos, o famosos, quizá como hoy mismo. Desanimaba, y malhumoraba, incluso. Hablamos de un tiempo en vísperas del auge pleno de la beautiful people, cuando Marbella se aupaba de paraíso terrenal y los del psoe preparaban el divorcio en romería. Cundió que, en algún momento, Mona pensó cambiar las lentejas por paella, pero advirtió Miguel Boyer que aquello sería como cambiar un modelo de sociedad. Creo que fue en mayo del 83 cuando Mona dio sus últimas lentejas, que casi fue como celebrar la última cena de la Transición, pero a la hora de comer. Las lentejas no consta que fueran excelentes. La tertulia sí.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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