Un Viaducto fantasmal

Publicado por el Sep 26, 2015

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El Viaducto es la ojiva de Madrid, según Gómez de la Serna, o la herradura de la ciudad añeja, que más tarde diagnosticara Umbral. Hoy, al Viaducto le han echado redes, y lo han vestido de andamio, porque ya era hora de que le tocara un Plan Renove. El Viaducto presenta así, por estos días, una majestad única, e imposible, con los andamiajes al aire, casi flotantes, una fachada que se hace fantasmal, según las horas, porque vive oculto de arcadas gigantes bajo un vendaje de redes transparentes y laberintos de aluminio. Es otro Viaducto, entre la convalecencia y una instalación artística. No arrastraba ningún problema estructural, según confirman los responsables municipales, pero sí iba urgiendo “un repaso general y en profundidad”, porque había que lograr una mejora en la impermeabilidad del tablero de circulación, y en los tubos de drenaje. Que estaba viejo, y un poco descuidado, en fin.La obra ya lleva en marcha todo el verano, pero ahora es cuando se acaba de cubrir definitivamente de andamiajes diversos todo el monumento, para ir trabajando en faenas de limpieza o pintura, sin complicar demasiado el tráfico, y asegurando la normalidad de la vida del vecindario. Los trabajos, a veces, se han promovido día y noche. En el vecindario, por cierto, se esperaba más todavía de esta actuación, que incluye una anchura mayor en algunas aceras, pero no contempla la instalación de un ascensor, o dos, que conectaran, mágicamente, la calle Bailén con la calle Segovia, según prometía un proyecto inicial, y también según el proyecto inaugural. El Viaducto tiene mucho avatar biográfico, y allá en el otoño de 1874, aún sin rematarse de obra, servía para el paso de la comitiva fúnebre que trasladaba los restos de Calderón de la Barca desde San Francisco el Grande hasta la Sacramental de San Nicolás. Esa fue su inauguración sin inauguración, digamos. Hablamos de un primer Viaducto, proyectado en osamenta de metal, muy austero de vuelo, que daba juntura, sin alardes, a la zona de San Francisco el Grande con la zona del Palacio Real, alargando así la calle Bailén, que flotaba sobre el desnivel salvaje donde un día remoto discurriera el arroyo de San Pedro. Se trata de un Viaducto de empleo, con nulo adorno, que cumplió un rato de años, hasta que en 1932, cuando recayó obsoleto, se convoca un concurso de un proyecto de nueva construcción, para levantar otro Viaducto, de hormigón armado, y aplicaciones de aluminio, el mismo que hoy conocemos, remozado arriba, remozado abajo. Aquel concurso fue ganado por el arquitecto Francisco Javier Ferrero Llusiá, más los ingenieros de caminos Luis Aldaz Mugiro y Juan-Aracil y Segura. Y desde entonces todo seguido hasta hoy. Dicen que a finales de noviembre lo veremos guapo. Hasta entonces, es una lámina insólita en el álbum de fotos de su veterana biografía de monumento.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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