Figuración que no falte

Publicado por el Sep 22, 2015

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En los encuadres de foto, o los encuadres de tele, si habla el líder, un mítin suele incluir cinco o seis socios de filas, que rubrican con el gesto el pregón del jefe. Es lo preceptivo, y suele dar igual una formación, u otra. Se trata, por lo general, de un banquillo de mucho amén, que pone la sonrisa blanda de bendecir lo que se diga, aunque lo que se diga no sabemos si lo están escuchando mucho o poco. Hay de todo en estos banquillos, aunque mayormente una primera fila de los destacados del partido. Son una figuración de aval que también se compromete a cumplir con la mandíbula dura de los funerales, si el día clave no hay éxito. Todo líder en campaña consta de un público de particulares, por delante, y de un público de coro, por detrás, o sea,  de las caras del coro, lo que no supone necesariamente un coro de caras, aunque eso ya va según el color del cristal con que se mire. Ahora, como la jarana es autonómica, resulta que los banquillos de figuración los ocupan a menudo también los jefazos nacionales, que aplauden mucho, como los peatones congregados, que cambian el aplauso por un bocadillo. Pedro Sánchez cumple a menudo de coro de Miguel Iceta, que está firmando una campaña muy amena de entusiasmo, entre un rato de travolta, y otro rato de interflora. Si pillamos de pronto un telediario ya en curso resulta que no sabríamos decir si Albert Rivera acompaña a Inés Arrimadas, o es al revés. En cualquier caso, fíjense, si habla el uno, o la otra, y ya verán a su espalda una proa abierta de complacidos que están todo el rato dando vítores, aunque los apreciemos callados. Fíjense en el mítin de cualquier otro partido, y ya verán cómo está a menudo el entretenimiento entre los que no hablan que en el que está pegando el pregón a la afición. Esta teoría del coro de embeleso quizá nos la empaña un poco Meritxell Genao, de “Cataluña sí que es Pot”, que dio su mítin sólo con un telón rojo, a la espalda. La solitaria llamó “gilipollas” a una simpatizante entusiasta, por equivocación, según aclaraciones posteriores, aunque no se aclara qué se quiso decir, en el fondo. De modo que Meritxell se hizo un lío con el diccionario, como si el término gilipollas fuera pródigo en sinónimos. Toda errata es un hallazgo, arriesgaba André Breton, pero ahora viene a negarlo Genao, porque ha tenido que pedir disculpas. Estas cosas ocurren por prescindir en el escenario de una figuración amiga, que siempre arropa el ánimo y afina la semántica. En el costado contrario de Meritxell, la oradora equivocada, estuvo Rajoy, que hasta se hizo en Badalona un selfie innumerable de señoras simpatiquísimas.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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