Cuando el negocio era poesía

Publicado por el Sep 18, 2015

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Comprobamos, no sin nostalgia, que prosperan últimamente ciertos oficios de auge digital, casi todos bajo nombre en inglés, desde comunity manager hacia arriba, o hacia abajo, lo que quiere decir que están viviendo olvido, o ruina, los oficios de artesanía, que son no ya de época analógica, sino anterior. No nos referimos sólo a los empleos manuales. Nos referimos a aquellas dedicaciones íntimas de esmero y minucia, donde el artesano es un cruce de artista y amigo. Va un ejemplo. Felipa, personaje extraordinario de un Madrid ya museal, tuvo librería desde el 1944 al 2000, librería que ella aupó como local inolvidable. Vivió Felipa en la devoción del libro, y lo mismo reencuadernaba un ejemplar alicaído que aconsejaba a los estudiantes sobre unos títulos, o bien sobre otros. Conocía el paño, y estimaba el trato. Felipa, así, prorroga y prestigia un linaje de gentes de vocación que ya no existen, una genealogía de devotos del objeto, sea libro el objeto, o cosa distinta, donde la mercancía, en fin, es siempre un material sagrado, y los clientes son siempre un vecino de sensibilidades,  venga el vecino de donde se venga. Felipa tuvo nido de acogida, en la Calle Libreros, que luego fue una calle damnificada por las obras de remodelación de la Gran Vía, como tantas otras. Se la llevaron por delante, más algún cabaret y alguna vinatería. Lo de Felipa no fue una librería más, sino un mostrador de afectos, que es lo que también han sido otros establecimientos de artesanías diversas, desde tiendas de perfume, juguetes o discos, por esa zonas, u otras. A Felipa, como a tantos otros poetas de su negocio, o negocios similares, les ha pasado lo que a la Gran Vía, que ya es otra Gran Vía. Donde hubo un cine, hoy venden calzoncillos para futbolistas. Donde hubo una tienda de muñecas, que también era un sanatorio de muñecas, hoy venden móviles japoneses. Donde hubo un local de librero, y me cuido de decir librería, hoy venden televisiones del tamaño de un telón de los que también hubo por la zona, porque hasta teatros tuvo la Gran Vía. Es faena casi imposible el encontrar, hoy, una zurcidora en Madrid, un ebanista, un encuadernador, o un deshollinador, alguien que no sólo te arregla una levita de los ochenta o las obras completas de Lorca, edición en cuero, sino que te da tertulia de tarde memorable. Tenemos todavía cosas que llevarles a todas estas gentes desaparecidas, o en extinción. O sea que las cosas no las llevamos a ningún sitio. Se acabaron aquellos tiempos de maravilla, cuando el negocio no era negocio sino poesía.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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