Un turista del esperpento

Publicado por el sep 14, 2015

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Hizo Ruiz Mateos turismo de cárcel, y si luego la ley le daba un recreo él hacía su escaparate de mártir con buen traje cruzado, y a la medida, ante el gozo de la prensa. Enseguida, montaba su plató. Posaba de perseguido, que a menudo era un modo de despistar alguna estafa. Se metió a la política, allá por los noventa, como el que se convida al guateque donde nunca le llamaron. Puso cara de póster, y al lío. Ultimamente, resultaba el perfecto fantasma, aunque el fantasma, en él, viene de lejos. Tenía una cháchara aupada, como si llevara siempre un sortijón dentro de la boca, como si ayer mismo hubiera salido del quirófano de las vanidades. Se tituló marqués por encargo, porque le inventaron el alto adorno, marqués de Olivera, en la República de San Marino. Era un aristócrata apócrifo, pues, y un actor también apócrifo, porque era lo suyo digno de mejores causas, y también un supermán apócrifo, porque de superhombre sólo llevo el disfraz, si miramos el triste crepúsculo biográfico. Era, más tarde o más temprano, un señor apócrifo que fardaba de decir verdades. En general, fue militante del frikismo, y del Opus Dei, en particular, y a ratos. Parece que se hubiera empeñado en aupar imperios, para luego derribarlos, y darse el voltio acostumbrado por los Tribunales, donde a veces hasta insultaba a la fiscal. Tenía mucha afición al disfraz, sí, con lo que podemos deducir que la máscara, en su caso, no iba por dentro. En algún Juzgado, burló a la policía poniéndose peluca, y a Miguel Boyer, cuando era ministro en vigor, le llamó “mariconazo”, en público, que era como tirarle a la cabeza directamente el diccionario, porque en hombres de tanto modal como Ruiz Mateos el taco se da poco, o nada. Dicen “mariconazo” como pidiendo una segunda taza de té. Pero van y lo dicen. Trabajó mucho para el telediario, zona payasadas. Parece esclarecido que fue un rico que le daba el vicio del birle. Y que se ha ido más solo que la luna. Y que hay gente de sus propios afectos que quizá no le va a echar de menos. Era de Rota, pero quedaba mejor adornarse de “empresario jerezano”, que es una acuñación que da vitola, y cunde entre la prensa. Tuvo un orfeón de hijos, que parecen todos el mismo hijo un poco hipnotizado, salvo que cada uno lleva una versión de barba. Los que estuvieron cerca, en su ocaso largo, acreditan que sostenía el matrimonio eterno de no verse con la consorte, y que los hijos, y las hijas, casi lo preferían de padre de retrato. Es un poco familia de la Preysler, pero familia al revés, porque hizo un anuncio de bombones, en plan venganza. Con la edad parecía que la cara la llevara a la misma tintorería del ropero, como las folclóricas, y Mickey Rourke. Tenía un traje de preso, para dar mítines inútiles, y un traje de supermán, para hacer turismo del esperpento. La cosa tuvo su gracia hasta que ya no tuvo gracia alguna.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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