Aquella boda de arte

Publicado por el ago 19, 2015

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Carmen Cervera tenía treinta y ocho años, y Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza tenía sesenta y tres. Son los datos del día en que se casan, en Moreton, que queda cerca de Oxford, y ahí estuvo también Borja, incluido en la fundación burocrática de la familia, porque el barón le reconoció como hijo, incluyendo el abrazo de sus apellidos de linaje. Estamos en lo alto de un dieciséis de agosto del 85. El barón es el barón, con cara de archirrico de óleo, Carmen es una contenta de soleada belleza, un poco a lo Carmen Sevilla, y Borja es casi como ayer mismo, sólo que sin barba, y más rubio. El barón viene de cuatro matrimonios diversos, y Carmen de dos, de modo que son dos alegres reincidentes. Borja viene de que le peinen bien, y le pongan capita nívea, a juego con el encaje del escote de mamá. Sostenía Groucho Marx que “el matrimonio es la principal causa de divorcio”, y nuestra pareja esto lo sabía no de oídas, sino de experiencia. Pero ahí estaban, encantados de haberse vuelto a conocer, frente al histórico flashazo nupcial, porque ya llevaban unos años de conocimiento. Carmen, recordémoslo, debutó de consorte al casarse con Tarzán, el mítico Lex Barker, cuando ella era una monada, y principiaba en la mundanidad. Enviudó, y luego se casó por un rato con Espartaco Santoni, que era un pirata ya casado, o sea, como si nada. Le salió Espartaco bígamo, como a todas, y simpatiquísimo. Vino luego el barón, y así todo seguido hasta que el barón se acabó, porque se murió. Hoy, Carmen sólo mantiene matrimonio con la simpatía de baronesa, pero baronesa a su manera. En los cócteles, te invita a salir un momento a la calle, para fumar. Yo sospecho que hace muchas temporadas decidió que ya iba a vivir de viuda, aunque de viuda tiene poco o nada. Fue Miss, y no lo oculta. Insiste en que no es la viuda más rica de España, aunque al despertar, si quiere, puede mirarse en un Picasso propio, y no en un espejo de Ikea. La estampa de la boda de Carmen con el barón, en el recuerdo, es una reliquia de la fama de verdad, y Carmen es un ejemplar único, por fabuloso, de una crónica social que casi va ya en vías de extinción, porque ahora nos toca muy a menudo a los escribientes la glosa de corrupción o bien el cachondeíto pertinente o impertinente de los populares peatonales de concurso. Con su hijo, ya de bigardo, las cosas funcionaron como funcionaron. O sea, mal, pero ahora bien. Se diría que Carmen ha aspirado siempre a lograr una familia, y no una familia de tatuajes, que es una cosa en la que se han entretenido a menudo Borja y su chica, la dorada Blanca Cuesta. Quiero decir que Carmen ha preferido para su hijo una vida de negocios y artistas, y no una vida de retratados del colorín, que van y vienen a Ibiza, porque algo hay que hacer. Tienen todos al fin una concordia, pero una concordia con yate, que ya es mérito, porque un yate suele estorbar bastante en las concordias. Carmen siempre tuvo arte, y ahora maneja museos. Es lo contrario a los famosos de botellón que pasan, que no pasan.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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