Gunilla, jefa del bronceado

Publicado por el Aug 14, 2015

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Gunilla fue la melena desmelenada de la Marbella de la jet set, cuando Jaime de Mora les llevaba a los jeques la agenda del champán, y Alfonso de Hohenlohe aupaba el sitio como paraíso terrenal de la juerga, un paraíso donde los ricos y los golfos pillaron postura a dormir sólo de día. Hablamos de una cuota loca de los años ochenta, y luego de los desabrochados años noventa, cuando Bárbara Rey iba a la zona de andrógina emocionante, sacando mucho el muslo campeonísimo de jabugo sexual, por el costado abierto y lujuriante de la túnica de bailar en la boite. Eran épocas de mucha boite, mucha túnica, y mucho jamón sexual, no sé yo si en ese mismo orden. En medio de aquel despiste se atareaba Gunilla, cuyo empleo mayor era no hacer nada, porque resulta que en aquella Marbella no se gastaba el calendario laborable, y siempre quedaba pendiente la última copa. Eran, entonces, ilustres de toda aquella barra libre Sean Connery, Brooke Shields, Sofía de Habsburgo, Nati Abascal o Manolo Santana, entre otras gentes no de garrafón. Cito por ambientar. Gunilla era Gunilla Von Bismarck, naturalmente, una condesa de mucho árbol genealógico, donde nos sale bisnieta del canciller Otto von Bismarck, entre otros vínculos de vitola. Aquí encontró familia en Luis Ortiz, y fueron pareja de hacer un poco el indio, y hasta de disfrazarse al respecto, para las fiestas. La verdad es que esta gente animaba mucho el show, porque se tomaban la juerga muy en serio. Gunilla y Luis se casaron y se descasaron, las dos cosas bajo gran felicidad. Parecería, en ellos, que cumplieron el matrimonio, en un remoto día, buscando la amenidad de divorciarse, pasado un tiempo. La separación o divorcio, en ellos, ha sido una dulce unión para toda la vida. A Luis le he tratado lo suficiente, y es un tipo de imprevisible humor de surrealismo, con gracias andaluzas de calvo que siempre va despeinado. Cuando casó con Gunilla, ni hablaba ni entendía el alemán, igual que le pasaba a ella con el español. Fueron una pareja  insólita, memorable y puntera de una Marbella donde el deneí era un aval de pobres, y a la noche mejor se llegaba en yate. La biografía era coctelería. Gunilla era algo así como la jefa del bronceado, la prusiana de Málaga que se pasaba la vida tan contenta de lentejuelas. Triunfó de simpática en medio de una tribu de gentes internacionales que llevaban en la cara el estrés benéfico de haberse pasado la tarde en el empeño de la siesta. Rappel les adivinaba el futuro de la noche siguiente, cuando lo apasionante era averiguarles al detalle la fiesta del pasado.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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