La Loren, antes de serlo

Publicado por el ago 5, 2015

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Se iba a convertir, con el tiempo, en su propio escotazo de museo, dígase la Loren, aunque Sophia fue siempre un monumento con vistas. Con vistas a ella misma, obviamente. Muy al fondo de los años cincuenta, nuestra esplendorosa estaba, todavía, en el empleo de esa tontuna de los campeonatos de guapas y en la peonada de las telenovelas de poca frase, y mucho muslo. Lo preceptivo, por otra parte, en una chavala que quiere abrirse un sitio en las variedades, luego de vivir la miseria de una postguerra mundial, en Nápoles, de camarera remaciza de tabernón portuario, sirviendo a la soldadesca estadounidense, mientras la madre, una belleza bárbara, como ella, pero en rubia, toca el piano de profesión en el mismo sitio. La madre se llamaba Romilda, y fue decisiva en la ambición de artista de Sophia. Sophia no se llamaba Sophia Loren, sino Sofía Villani Scicolone. Fue luego cuando pilló nombre de estrella, que fue como cambiar el deneí de chica pobre por el pasaporte de cleopatra de la opulencia. Los dorados cincuenta componen las vísperas de que pegue el estirón definitivo, y se convierta ya en Sophia Loren, la musa de Carlo Ponti, la chavala de “El oro de Nápoles”, y de ahí todo seguido hasta auparse, en el mundo, como el coliseo, pero el coliseo en hembra, y con corsé negro. Ha sido la novia de película de Mastroiani, y lleva siglos tan popular como la pizza. Cuando arrancaba, su hermosura gastaba una gracia de vulgaridad, y un gancho de sonrisa carnívora. Si miramos fotos de Sofía debutante, barajamos, en rigor, estampas donde está y no está la diva sagrada, salvo el resplandor único en el rostro, que es además el resplandor salvaje que le adorna todo el álbum biográfico. Podría ser, en sus inicios, la muchacha abrasiva de la costa, pero es la novia de la Italia del neorrealismo, que acabará pillando un Oscar. Es la Loren, antes de serlo. Arriesgaba André Breton que “la belleza moderna será convulsa, o no será”, y la máxima puede servirnos de lema de esa Sofía de juventud, donde ya asoma, por otra parte, la mujer de arraigo tradicional, o antiguo, incluso. Tuvo enfrente a Claudia Cardinale, o Gina Lollobrigida, entre otras, pero yo la veo como la hermana al revés de Brigitte Bardot, que es la rubia de veneno francés. A Brigitte y a Sophie las une alguna época de bañador apabullante, en sus carreras cercanas, pero son criaturas de antítesis, dentro de la semejanza, empezando o acabando porque Brigitte acaba de musa de focas, y la Loren de musa de inauguración de yate. La Loren tiene tarifa de elegante, para las fiestas, y la Bardot más bien se oculta, con ajuar de vagabunda. Hubo un día en que la Loren era Sofía, y el bañador le caía como un pariente diabólico del corsé. Ella lo resumió a su manera: “Todo lo que ven se lo debo al espagueti”.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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