Los más bellos bañistas

Publicado por el jul 25, 2015

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Cuando murió Romy Schneider, en París, Alain Delon cumplió una hora larga de silencio, a pie de féretro, y le hizo tres retratos de polaroid a aquella difunta maravillosa. Romy tenía cuarenta y tres años y  Delon se plantó con prisas de viaje en su sepelio, porque hay novios destinados a ser viudos. Romy y Alain fueron una pareja bellísima y atormentada. De modo que no pudo ser. Sostiene Sabina que los amores que matan nunca mueren, y lleva razón. He aquí el caso. Romy y Alain, que coincidieron de reparto en la película “La piscina”, fechada en el 69, siete años después de que la pareja rompiera, porque Romy se fue a Hollywood, a rodar con Orson Welles, y Delon se fue con otra. “La piscina” no va a pasar a la hemeroteca de oro del cine, pero nuestros bañistas son perfectamente inmortales, él despeinado de virilidad, ella mágica de morbo. En esa película se han reenamorado, por exigencias del guión, aunque fingían con toda naturalidad, porque que en efecto los amores que matan nunca mueren. La película va de pareja abrasiva, en lo alto del verano de Saint Tropez, y en España la censura la destrozó, hasta lo ininteligible. Romy en bikini era mucha Romy. Es Sissí, pero al revés. Romy no se casó con Delon, pero se casó con otros. Así en general, resultó una chica estival, deseable y desdichada, que en sus ratos penúltimos, y aún antes, ya se ponía menú de fármacos, aunque los fármacos “no son capaces de descifrarme”, según su propio diagnóstico. Pero ni los fármacos, ni los amores, ni la familia, ni el cine, ni ella misma. Vivió entre el disgusto y el susto, porque incluso se le murió un hijo joven y próspero. No alcanzaba a descifrarse, que es como decir que de Sissi sólo tenía el vestuario. El vestuario y esos bucles de arcángel en crisis. Huyó de aquellos papeles de emperatriz repetida de la Viena imperial, tan cándidos, pero no pudo escaparse del papel de un destino trágico, de una tristeza fija, de una melancolía homicida, que es el papel que prepara la vida a algunas estrellas. La vida, si se pone, da muy mala vida, y en eso estuvo Romy, que fumaba mucho, para respirar, y tiraba del alcohol salvaje a ver si se le aclaraba la cabeza. Se negó a cualquier reedición de Sissí, y se fue a vivir cerca del Sena con los ojos pintados de color luto. Los alemanes la entendieron más bien poco, y los franceses la hicieron suya titulándola “la mejor actriz del siglo XX”. En París, no hace mucho, la declararon con mejor lámina que Marilyn Monroe o Catherine Deneuve. Que se lo pregunten a Alain Delon, el amante imposible, que le hizo los tres últimos retratos de monada única que fue suya.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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