Aquel cónsul de la jarana

Publicado por el Jul 18, 2015

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Cumplía Jaime de Mora y Aragón, en Marbella, un  cruce inolvidable de marqués y macarrita, y era el rey del verano, que duraba todos los inviernos. En lo alto del 1975, aportaba greña en general, un descapotable desportillado y el sombrero de farde. No gasta aún el monóculo,por aquellas fechas,  pero luego le pillaría mucho vicio al uso de monóculo, y hasta se hizo motero mayor sin bajarse del monóculo. Tuvo rachas de ir tieso de billetera, pero siempre anduvo muy tieso de perfil de dandy. Llevaba  el bronceado de los que toman mucho el sol de la noche. Vivía de gran cónsul de la jarana de la Costa del Sol, donde llevó la agenda de champán de los jeques y les cambiaba petróleo por discotecas. Por aquellos calendarios de desmadre asomaban a menudo Luis Miguel Dominguín, Lolita, Philippe Junot, Sofía de Habsburgo o Adnan Kassogui. Jaime, en Marbella, animó el apogeo de la beautiful people, que luego en el sitio degeneró en ordinary people. Era un bigote de anfitrión alrededor del cual se sentaban golfos de yate y duquesas de lencería internacional. A todos les echaba unas canciones al piano, que tocaba él mismo. Con el tiempo, el bigote de Jaime se sustituyó por el bigote de la Pantoja, o sea, Julián Muñoz, con lo que ya tenemos visto cómo ha cambiado el ideario de la buena vida en Marbella, donde ahora la juerga está en la trena, o en los juzgados, y no en un club nocturno de convidados que acaban de aparcar en la puerta el velero. O el descapotable de remiendo de Jaime, que es un poco el descarriado de los descapotables, como Jaime era el descarriado de los ricos. Desempeñaba la picaresca en varios idiomas, y trabajó toda su vida para ocioso. Algún atardecer, de cronista debutante yo por la zona, le escuché que había hecho el amor sin quitarse el monóculo. Estas boutades  eran una delicia habitual en él, que se jactaba de tener una hermana en Bélgica, Fabiola, trabajando como Reina. Igual te pedía una propina para la gasofa del chófer que te invitaba a sultanas. Sostenía que el divorcio era un vicio de horteras, y llevaba un bastón de puño de oro persa, como un patriarca de la barra libre de Moet Chandon. A los árabes y a otros jefes del dólar les convenció de que Marbella era el paraíso terrenal, bajo la religión del “vive como quieras”, que podría ser el lema de una Marbella ya extinta, y de su propia biografía. Se ataban en él el bohemiazo de linaje y el señorito de cabaret. Era un personaje extremo y extremado de una España insólita. Como Paquirrín, sólo que al revés. Iba antes al sastre, a renovar chaleco, que al médico de darle cuerda a su marcapasos. Cuando palmó,  le hicieron un velatorio de harleys.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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