A la derecha, Curro Romero

Publicado por el jul 11, 2015

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Le he tratado a rachas, siempre al costado de Carmen Tello, y tiene cátedra en el retranqueamiento, hablando muchísimo sin decir nunca ni pío. En él la austeridad se ha cumplido como elocuencia. Camina como haciendo un paseíllo interior. Yo sospecho que le da más importancia a la camisa bien planchada que a su talento innumerable, y mítico. Insiste en que le gusta la gente que de pronto conoce, y va y le confiesa que no se le acercaron, en su momento, por no molestarle. Tiene la sabiduría del que se explica, cuando mira. Incluso cuando no mira. Su mujer imponente, Carmen Tello, a veces ha transitado los papeles de lo sentimental, por órbita amistosa de la duquesa de Alba, mayormente, pero él siempre está ahí sin mancharse ni romperse, un poco o un mucho como su propia estatua plácida. No le mola el artisteo, lo que quiere decir que le embelesa el arte, con toros o sin toros. Le gusta jugar al dominó, con tres amigos cabales, pero sin apuesta. Yo arriesgaría que lamenta que el gentío no le haya olvidado, cuando ya lleva ya quince años retirado, rato arriba, rato abajo. Un día esperando Curro un taxi, en la calle San Fernando, en Sevilla, vio venir el preceptivo coche de caballos. En él el cochero iba precisando a los varios turistas a bordo los monumentos del tránsito. “A la derecha, -precisaba el guía-, la antigua Fábrica de Tabacos. A la derecha, Curro Romero”. A él estas perlas de anecdotario le desatan el rubor. Pero estas perlas hay que exhibirlas. Es un monumento a la verdad, como firmó alguien, y un patrimonio de Sevilla, donde sufre de alma si pierde el Betis. En Madrid también se le reverencia. Su madre, Andrea López, no lo vio torear ni en vídeos. El la sacó de la dura y adversa vida, y luego todo seguido, de torero o no, hasta no tener mayor ambición que el día en paz. En el 67 se negó a matar un toro, y fue encarcelado. Al día siguiente del calabozo, triunfaba en Las Ventas, saliendo a hombros por la calle de Alcalá. Con 66 tacos cortó dos orejas en la Maestranza. Su rodeo es la sentencia. Amó a Camarón, y a otros embrujados del flamenco, con quien repartió la noche. Tiene andanzas de novela con Rancapino, Pansequito, Chocolate, Caracol. Hay mucho en él de bohemia bien peinada, de aristocracia de la soledad convencida. Villalón, aquel que pretendía toros de ojos verdes, dejó para siempre la máxima de que el mundo se divide en los que han visto a Curro Romero y los que no han visto nada.A Antonio Burgos, que le descifra las honduras últimas, le dijo que se hizo torero para sacar a su gente del lodo, y para “hartarse de dormir”. Está seguro de haber sido gitano, hace cuatro o cinco siglos. Le tienen ley incluso los que nunca le vieron torear.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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