Nieves en el país de las maravillas

Publicado por el Jul 6, 2015

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Nieves Alvarez ha sido la jefa en el país de las maravillas de la modelos nacionales, y a ratos hasta internacionales. Ha logrado de su belleza, nada madrileña, aunque es chavala del foro, ha logrado de su alabeada hermosura, digo, un empleo sostenido de más de dos décadas, donde ha aupado una lámina de prestigio y se ha llevado una pasta. La modelo, por oficio, es criatura efímera, pero Nieves se ha conseguido un escalafón de guapaza inevitable, y lo mismo presenta un show de estilo, en la tele, que va a los Goya a deslumbrar como mujer objeto, pero mujer objeto de arte. No sabemos cuánto kilometraje de fiestas reúne, a bordo siempre del agua mineral, pero kilometraje reúne mucho, o todo, ya a sus cuarenta años de mucho trote, aunque aún de fácil lozanía. La suponíamos todos casada para siempre con Marco Severini, pero para siempre sólo se han casado Víctor Manuel y Ana Belén. Marco Severini es un fotógrafo italiano que acaso va sobrado de tiempo, igual que Nieves va siempre falta de tiempo, aunque siempre han ido sacando un momento común para hacerse la foto de la felicidad conyugal, y el trapo muy bien planchado. A las modelos, por lo general, les abultamos enseguida la hoja de servicios, pero aquí tenemos un ejemplar único donde no hace falta abultar, sino más bien abreviar. Porque cumplió de musa de Saint Laurent, en los noventa, y dio percha viva a figurones de la alta costura como Christian Dior, Hermés, o Armani. Cito abreviando, porque para qué. Nieves es Nieves Alvarez, la que repercutió a los dieciocho en el concurso “Look of the Year”, de la agencia Elite, una titulación de las muy elegidas. Con la prensa se trata con amabilidad de becaria. Gusta del periodismo, que incluso estudió, en su día, y no teme al tiempo devastador, quizá porque intuye que será una belleza de retrato, a cualquier edad. Se casó en Bali, en el 2002, y la prensa estaba invitada al menú, y a fotos. Ahí estuvieron algunas monadas de su generación como Laura Ponte, Martina Klein o Verónica Blume. Se hizo una firma de ropa propia, zona niños, pero propia de verdad, y no como otras, que sólo van a poner el perfil, para la inauguración de un escaparate. Es bellísima, y trabaja como un soldado. De adolescente, llegó a pillar complejo por sus labios voluptuosos.  Los jóvenes apolos que aún la codician, en alguna sesión de fotos, no se creen que es madre. Resulta difícil encontrar a quien hable regular, o mal, de ella. Tiene, aún, una ingenuidad de muchacha a lo suyo, y una voz de niña que parece la imitación de una voz de niña. En Nueva York, cuando sus inicios, compartía piso con ocho ilusionadas de su gremio, que luego se perdieron, o no tanto, como Cristina Piaget. Hoy la distinguen quienes ni siquiera se asomaron un momento al país de las maravillas de las modelos.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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