Vivir de artista

Publicado por el Jun 24, 2015

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En paralelo a sus películas, y me refiero al cine, naturalmente, Marujita Díaz vino jugando en la vida el guión de íntima amiga de la grandiosa Sara Montiel. Intima, pero no tanto. Eso, según. Las dos se aplicaron en un largo noviazgo sin noviazgo, hasta que en algún momento se tiraron los mutuos lunares a la cabeza. Quiero decir que Marujita Díaz hizo “La Revoltosa”, o “La Cumparsita”, y cantó “Soldadito español”, o “Banderita”, pero ahí estaba sin perder el compás de los avatares biográficos de Sara, y al contrario. La una lloró por la otra, a veces, y otras veces sacaban el colmillo finísimo de improvisar el sainete público del mutuo sarcasmo. Yo mismo asistí a algunas trifulcas televisivas de las protagonistas, que tenían más teatro que maldad. Sara se nos fue, como una Marilyn de molino, y ahora se va Marujita, que tuvo demasiada época de gogó de la telebasura. Se nos han acabado las folclóricas. Y aquí queríamos llegar. Marujita, y Sara, y Carmen Sevilla, o Lola Flores, o Marifé de Triana, aún antes, han sido mujeres de valentía vital, y biografía en pie, porque echaron adelante, muy alegres de volantes, en una España negra y adversa, donde las mujeres estaban siempre un paso atrás, con suerte. O dos, más bien. Donde a menudo las mujeres ni estaban. Hay cierto feminismo, nada ahondado, en la folclórica de siempre, empezando o acabando por Marujita. La folclórica es un raro ejemplar, ya extinto, que ha logrado vivir de artista, que es como decir que ha logrado prosperar a bordo de cierta libertad durante su vida dura, y difícil, y con focos. La folclórica ha peleado siempre su caché, ha hecho las Américas, y se ha casado y se ha divorciado, a veces incluso con el mismo hombre. Peguen ustedes un vistazo a su generación, la de Marujita, Sara o Carmen, y a ver cuántas mujeres les salen “tan ricas de aventura”, por decirlo con un adorno de García Lorca, un folclórico a su manera. Y así, con ella, las elegidas de su gremio o género, hasta llegar a Lola Flores o Concha Márquez Piquer, e incluyendo a Rocío Jurado. Todos somos supervivientes, y aún más si uno, o una, como es el caso, escoge el empeño de prosperar en las variedades, ese oficio de alto riesgo. No toca entrar hoy en el mayor o menor arte de estas señoras, pero sí hay que ponerse celebratorio del ahínco de individualidad, en lo personal, que se gastaban, tan suyas siempre, ahora que Marujita sepulta una raza o linaje, y Carmen Sevilla, la última en pie, se apaga en el olvido mismo. Ahora que las semejantes a ellas ya no están. La palabra folclórica gasta un eco peyorativo, y hasta algo casposo. Pero hay en la folclórica algo de atleta de lo prohibido, de muchacha fija en la norma de hacer siempre lo que le da la gana. La vida de artista, sí.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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