Un macho con alas

Publicado por el Jun 23, 2015

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Le he seguido a Joaquín Cortés desde siempre, y no sólo porque se ligaba rápido a la más emocionante de la fiesta, empezando o acabando por Naomi Campbell. Que no es poco mérito, si nos ponemos serios. Pero quiero decir que a veces su figura de famoso exótico ha puesto sombra o despiste sobre su grandeza de artista de vocación de peligros. Si vas y preguntas a los que saben, no solo te celebran sus facultades de solista, sino sus ganas de aceptar riesgos, como formar compañía propia, durante años, y con muy firmes afanes. Se ha jugado los dineros propios, y ese show es show de abismos. Por ahí también se aventuraron a veces Rafael Amargo, y aún antes el grandioso Antonio Gades. No solo ha trabajado Cortés, sino que ha dado parné a muchos y muchas de su gremio difícil, maravilloso y apaleado. El baile flamenco es un arte minoritario y sufrido. Cortés lo aupó en su día a popularidades de mucha galaxia, sin perder la vértebra máxima de la tradición, pero metiendo vanguardia en toda propuesta, que no es sólo la vanguardia de salir a las tablas con el pecho al aire. A veces, ha vuelto a las andadas, unas andadas que no son los jaleos con las novias despechadas o las deudas económicas,  sino el baile puro y duro, que es lo suyo, desde siempre. Su sitio ha sido a veces la portada de romance, pero él sabe que ese no es su sitio. Joaquín es un macho con alas, y un gitano de la estirpe del talento, que a veces desaparece, pero siempre está ahí. Ahora que se les da mucho almíbar a los artistas españoles que triunfan en Estados Unidos, como Alejandro Sanz o David Bisbal, hay que recordar que Joaquín Cortés logró el aplauso unánime, en Nueva York, hace ya muchos años. Era cuando Joaquín ejercía de “moreno de verdes lunas”, vestido por Armani, y cuando Naomi Campbell pasaba por él penas de amor, y hasta le daba a los frascos nocturnos. Puso en pie de aplausos, en Nueva York, el Radio City Music Hall, y también el City Center, durante días, allá por el 98. En tiempo más recientes, ha salido Joaquín mucho, o demasiado, en los papeles, por asuntos de deudas de negocios concéntricos a lo suyo, que es un poco o un mucho reinventar el viento, mientras suena una soleá. Pero de todo eso está absuelto, con la ley en la mano, y conviene decirlo, porque enseguida se ajusticia a un famoso, pero luego nos olvidamos de ponerle en limpio la lámina.  Claro que Bisbal, o Sanz, o Iglesias, han hecho las Américas, como en su momento Sara Montiel, pero Joaquín también. No es sólo un guapo de látigo que gasta ropero de Armani. Siempre barajó novias como baraja bulerías, pero yo nunca dejé de verle un apolo solitario de Córdoba, tan novio de sí mismo.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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