Una española de París

Publicado por el jun 15, 2015

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Nuestra Beatriz, princesa de Orleans, no da mucho el tostón de contar que lee el “New York Times”, o “Le Monde”, a diario, pero a veces lo dice. Sabe que Goethe, o Voltaire, no son diseñadores de corpiños, como les pasa a otras gentes de su gremio del ocio, o del lujo, o de otros. Tiene cuatro hijos, y ha escrito un libro sobre el arte de las relaciones públicas, que no es sino la gimnasia del trato llevado con magia muy femenina. El español lo habla perfumado de cierto afrancesamiento, casi delicioso, porque ha llegado al idioma español cuando ya tenía poco tiempo libre. Poco, o ninguno, si apuramos. Beatriz es de las mujeres que se emplean mucho para parecer que no hacen nada. Aquí le llevó durante siglos, con gracia añorada, la comunicación a la firma Dior, pero no por capricho, sino por necesidad, porque se le quedó en paro a Beatriz el consorte, príncipe de oficio, por más señas, y había que buscarse un tajo. Tuvo una formación ilustrada, y es rara flor francesa, porque hay pocas francesas del mejor París, aquí en España, aunque ella gusta de rememorarse en el castillo familiar de Grenoble, hija y nieta como es de los condes de Franclieu y los marqueses de Lazaire. La titulación de princesa de Orleans le viene de vía conyugal, porque casó un día con Miguel de Orleans, conde de Évreux y hermano del conde de París. Casó, y se separó, tras casi treinta años de vínculo, sin llegar luego al divorcio, con lo que ahí sigue su título vigente. Le he escuchado alguna vez un argumento muy lúcido al respecto: “El divorcio es siempre una cuestión financiera. Mi marido se arruinó, y a mí no me interesa divorciarme”. Digámoslo de otro modo: resultó la primera mujer de su familia que se puso a trabajar. La princesa de Orleans es Beatriz de Orleans, en el mundazo madrileño, y ella tiene de cerca una naturalidad de rubia genealogía, un champán de simpatía que no es fácil sospecharle en los ajetreos de mucho ademán en que se mueve, ejerciendo o no de relaciones públicas, que es su oficio largo. Naturalmente, no sueña con un nuevo matrimonio, porque le ha costado un largo ahínco la lograda soltería. No hace mucho, cundió que vivía de alquiler, pero de alquiler en casoplón compartido, un casoplón en el barrio de Salamanca con cuchillerías de plata y telones de Visconti. Unos quinientos euros decían que pagaba al mes. No faltó alguna anabolena de oportunidad que usó el dato, no sé si cierto, de modo nada venial. En cualquier caso, a uno esto no le empaña en absoluto su empaque, o porvenir, de aristócrata natural, sino que la reacuña en lo que siempre ha sido: una señora de dorada lámina que parece una española muy extranjera. Una española de París. Se equivocan quienes la adornan de frívola porque se dedicó al tinglado de la moda, zona firmas de oro. El lujo siempre lo llevó por dentro.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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