Monarca del karaoke

Publicado por el May 25, 2015

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Carrerón, pero lo que se dice carrerón, ha hecho Julio Iglesias, y encima sin cambiar la foto de perfil derecho, que es el que a él le mola, y moviéndose poco o nada en el escenario. Conozco muy pocos casos de artista que hayan llegado tan lejos moviéndose tan poco. Carrerón, sí, de cincuenta años en el tajo, y más de setenta de esqueleto, que es por donde ya andará, según el DNI. Cuando viene por aquí, de gira ceñida, vende todas las entradas, incluidas las de trescientos euros. Naturalmente que Julio es ya un ilustre irremediable, zona premomias, pero hay algo en él, todavía, de joven que ama el vino, de pícaro que elige como nadie a las coristas. Cuesta verlo de pícaro, porque siempre lleva traje, pero hay que verlo. Igual pasaba en su padre, el inolvidable Iglesias Puga, astuto como el látigo, que me dejó una frase de verano para todos los inviernos: “Herrera, el proyecto de un hombre es llegar a morir entre mujeres guapas”. El lema también lo ha practicado Julio, que en su paraíso de Punta Cana tiene una piscina donde siempre hay dos o tres sirenas de spot, a su aire, pero sirenas vivas, solteras y de buenas piernas que a veces se visten y van a sus conciertos. No me extraña que a cada rato broten rumores de crisis en su matrimonio, que ya es, por otra parte, un matrimonio a prueba de crisis, porque tiene mucha antigüedad, y mucha piscina. Esa mansión de Punta Cana es el paraíso donde se cumple aquello de “no puede existir la desdicha debajo de una palmera”. Julio llama “flaco” a cualquier invitado, y te enseña sus posesiones como un viejo rico. Yo soy de los Rollings, y a Julio Iglesias, como artista, siempre lo aludí con prevención. Hasta que vi que era el hilo musical de los ascensores de todo el mundo. Eso es triunfar, y sin maniobrar la mandíbula derecha de la jeta, para los pósters. Quiero decir que el que quiera que vaya y se ponga. Vivió un declive de clientela, hace años, pero remontó. Le apasiona Rafa Nadal, y lo cuenta mientras canta. Dice la palabra España sin prejuicios. Está de monarca de los karaokes, que es para mí el aval del éxito popular. Quien sale campeón en los karaokes ya ha logrado uno de los modos de la inmortalidad. Veo que esta glosa me va quedando entusiasta, y tampoco soy fan de Julio. Pero le respeto, porque hay en él un vividor de vocación y un artista de sastrería que se lo ha montado. Su padre me fue dando, durante años, los números de móvil de sus guardaespaldas sucesivos, además del suyo, porque así estábamos “muy comunicados”, según él. Era surrealista y listísimo, entre el abuelo golfillo y un imitador de sí mismo. Estaba siempre de gira, con Julio, sólo que de gira sin cantar. Julio, en fin, reúne medio siglo vendiendo un estilo. Desde el zapato sin calcetín a la media sonrisa de ligón bronceado.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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