No sólo hijas de faraona

Publicado por el May 12, 2015

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Se cumplen veinte años de la muerte de la Faraona, y a veces piensa uno que Lolita, o Rosario, las hijas de su madre, se han parado un rato, pero la verdad es que no paran. Lolita, o Rosario, suele resultar, ella sola, una familia entera, ajetreada y rumberita. Quiero decir que estas dos mujeres siempre están a varios tajos, aunque tajo no tienen otro que la fiebre aflamencada que les viene volcánica, y de familia. La fiebre no se cura, y se eso han ido viviendo, bien o regular, según las rachas. Hasta hace poco, Lolita no veía modo de llamarse al fin Lola Flores, porque Lola Flores sólo hay una, como diría cualquiera de las dos. Rosario a vivido a bordo de la suerte de ser Rosario, desde siempre, salvo cuando la madre desmedida caía en el traspiés de llamarla Rosariyo. Por Lolita hemos sabido que no es tan fácil vivir en el empleo de “hija de”, sobre todo si tu madre es una giganta que, en rigor, no se muere nunca.La vida de Lolita ha sido la lucha de sacarse del nombre el diminutivo. Pero si ustedes la miran bien, verán una bravura que va por dentro. Rosario ha sido como un Antonio, pero en chica, y a Lolita le ha tocado el tablao difícil de primogénita. Ha entrado Lolita en la madurez con convencimientos de actriz seria, recursos de cantante y ahíncos de artista que se pone a lo que venga. Como actriz, la han explotado poco o nada, pero allá ellos. Hasta que se logró un sitio en el Teatro Español, donde cumplía hora y media de mérito, “más sola que la luna”, que diría Sabina, a otros efectos. Lolita sacaba adelante, con brío y brillo, un monólogo fundado en “La plaza del Diamante”, un texto de Mercè Rodoreda, aquella Virginia Wolf de Barcelona. Es lo último, si no recuerdo mal. Ha hecho muchas cosas Lola, antes Lolita, y hasta le ha dado tiempo a arruinarse un poco, con negocios naufragantes, y también a casarse y divorciarse de un cubano raro, por silencioso, Pablo Durán. Me contaba Lolita que se casó porque estaba ya harta de que en los pies de foto pusieran siempre “Lolita y su novio cubano”. Por eso, y porque no viene nunca mal un ajuar de euros de exclusiva. En cuanto a Rosario, está de pluriempleos en la tele, que es lo contrario al arte. Pero Rosario, en directo, es aún un jaleo de melena que no cabe en un teatro como el Albéniz, u otros, donde yo la he visto, porque Rosario no es de cantar con la gente en la butaca. De Rosario dirán muchas cosas los que escriben de música, pero a mí me toca apuntar que ha conseguido un estilo propio, un desgarro rumbero, una cosa alegre y morena, con voz de faraona joven y un vestuario barroco, cargado de botonadura al aire donde el mejor botón es siempre el ombligo, que cada día enseña menos, o ya casi nada. Ni Rosario ni Lolita me iban a poner mala cara por llamarlas folclóricas.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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