Para un futuro alcalde o alcaldesa de Madrid

Publicado por el may 10, 2015

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No diré que nos va a dar igual que la Puerta del Sol esté hecha una escombrera, naturalmente, pero no todo el contento del peatonaje pasa por el guateque de la higiene, empezando o acabando por el barrido de los vagabundos, que hay quien avala que estorban al turismo, y que encima suelen salir feos. Quiero decir que el peatón, señor alcalde del porvenir, o quizá señora alcaldesa, no sólo necesita que le tengan el barrio como una patena, que para eso paga, entre otras cosas, aunque Madrid es noble y sucio, y hasta un poco moro, según el diagnóstico de Gómez de la Serna. El peatón necesita que funcione el transporte, prósperamente, que no haya atasco ni a la puerta de las discotecas, que Madrid, en fin, pille bullicio cultural, lo que no quiere decir necesariamente bullicio turístico. Que nunca está de más, por cierto. Pero las tiendas de gafas no debieran comerse los cines de Gran Vía. Venimos viendo que cunde la moda de la bicicleta, aunque la ciudad es una amable cuesta, pero conviene darle buen sitio de paso a estos trastos, porque van a menudo a contrapié del paseante, y en dirección contraria a los utilitarios japoneses. Un lío, y hasta un peligro, así en general. Se lo cuenta, futuro alcalde o alcaldesa, un paisano de la calle Mayor, donde los coches van en un sentido único, las bicicletas en el opuesto, y los transeúntes por donde pueden. De modo que hay colapso, te pongas como te pongas. El peatón que somos todos lo que quiere es la vida en paz, el reloj a favor, y un teléfono de urgencias que sea eso, de urgencias. Vengo a decir que importa entre mucho y muchísimo que todo se disponga para que no falte el auxilio, o la compañía, o el ánimo, o todo junto, a los solitarios, jubilados o no, que más tarde o más temprano acaban teniendo una hora de solitarios desesperados. Hablo de la sanidad, del servicio social, del humanitarismo por ley. Alguien arriesgó que en la gran ciudad, a cierta hora, empiezas llamando a los amigos, luego a las amantes, después a los conocidos, y finalmente a los enemigos. Así de cruel, y de adversa, se nos porta a veces la vida cosmopolita, la ciudad grandiosa, que siempre tiene la culpa de todo, para bien o para mal. Necesitamos más trato, y menos radares, señor alcalde, señora alcaldesa, para que la ciudad mejor que propenda a la fiesta, y no a la trampa. Parecen todas estas cosas inocentes ilusiones de Miss, pero no tanto. Porque parece que hay sobrante despliegue de radares, sí, que son, según el sitio, un poco o un mucho un bingo municipal, recaudatorio, y tirando a emboscado. Las multas debieran ser justas, futuro alcalde, o alcaldesa, como los impuestos. Que la ciudad, en fin, se parezca a sus vecinos mejores, y que el sentido común no resulte una rara virtud. A ver si usted, alcalde o alcaldesa, nos oye, y no nos queda lejos.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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