Todavía Marujita

Publicado por el abr 27, 2015

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Lo de titularse aún Marujita, a esas edades de galeón, sólo pasa como alegría de folclórica jubilada, que es un poco o un mucho el empleo de nuestra señora hoy glosada. Regresa Marujita a la prensa, porque el Juzgado de Primera Instancia, en Madrid, le reclama más de 20.000 euros, por llamar alcohólico al hijo de Juanito Valderrama. Acabamos de leerlo. Viene el caso desde un programa de tele, allá por el 2010, y Marujita, en la cháchara, se pasó de volantes. Una noche de antaño, en la tele de vacile, se lo dije directo, y me montó una bronca de Mercamadrid, hora punta: “Parece usted, Marujita, la bisabuela de Pamela Anderson”. Yo creo que sólo me entendió lo de bisabuela. Lo otro, lo de Pamela Anderson, en alusión internacional a ese desmadre de gafas gigantes, sostenes sueltos, visonazos de bingo y sombreros de plumón que ella se gasta, no me lo acabó de pillar nunca. Y casi se comprende. Siempre sospeché que algunas folclóricas no leen ni los pies de foto de las revistas, aunque juraría que Marujita sí practica el zapping, porque todas las folclóricas nos han acabado saliendo muy televidentes a destajo. Pero Pamela Anderson no le sonaba, y ni le suena. Ni del papeleo de peluquería ni tampoco de la tele de culebrón de bañadores. Hace tiempo que no la veo en la jarana de los cócteles, donde a veces se descolgaba, con mucho baúl de volantes, pero ahorrando en corseterías. Tuvo un rato de largar mucho en la telerrosa, bajo verborrea larga, y a cargo del chisme propio, o ajeno, pillando siempre el sitio de graciosa, lo que no quiere decir que necesariamente tuviera gracia. Yo arriesgaría que daría nuestra artista la mitad del alma por tener la edad de nuestras Misses en vigor, o, si el día viene torcido, porque las Misses tuvieran la suya, que es todo un enigma, por cierto. Como enigma pudiera decirse de aquel romance, o show, con el zagalón Dinio García, al que convidó a firmar un contrato de silencio conyugal, según por ahí se oía, no le diera de pronto al mozo por contar lo que nos importaba poco, o nada. Vino luego lo previsible: Dinio se pasó al porno, y ella no. Asomó después Daniel Ducruet. Aquello incluyó cuatro fotos de promoción de la pareja, con mucha figuración de caniches, y al día siguiente irse a pillar un aguinaldo fuera de fecha por explicar “el flechazo” donde tocara. Los caniches no volvieron a aparecer. No era necesario rebautizar por entonces a Marujita como “Granujita”, según broma algo gruesa de algunos, pero  así la rebautizaron. Hace siglos que no nos brinda una novedad profesional. Cuando algún periodista, o comentarista, no le ríe las gracias sin gracia, va Marujita y saca las bulerías de la descalificación fundada en un modo de vestir que no le gusta, o en un peinado o despeinado que no le agrada, que son algunos modos de argumentar de quien no tiene argumentos. A rachas, trabaja de hemeroteca alegre de la vida de otros, sobre todo si se mueren, empezando o acabando por Sara Montiel. Estamos, en cualquier caso, ante una mujer única que no nos da para aplaudir sus interpretaciones de “Banderita”, eso no, pero sí para pensar neologismos en su honor: prehistofolclórica.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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