Lo contrario de una Barbie

Publicado por el abr 14, 2015

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Alguna vez, hace siglos, escribí de María Pineda, tirando de urgencias, que tenía espejo lorquiano, y ella me dio las gracias por el piropo, desde una tele, bajo el énfasis de que la había llamado “lorquiana de España”. De espejo lorquiano a lorquiana de España. Parece un desliz de folclórica, pero es sencillamente un modo de abreviar en una criatura, María, que atajaba siempre desde la inocencia. Sus erratas de chavala un poco o un mucho siempre embelesada, en el aire de estar siempre bebiendo de otro aire, esas erratas de despiste o inocencia, digo, eran en ella un hallazgo. Se llamaba María Jesús, pero comprendió enseguida que molaba más María, y aún más María Pineda, que es nombre lorquiano, sí, más el perfil de oscura alfarería de nuestra homenajeada. Porque quería dedicarse al artisteo, y por eso se presentó, casi adolescente, al certamen de Miss España, donde quedó Dama de Honor. Era el año 78, y cargaba María una belleza de sultana de Málaga, con algo de vaga hermana de Amparo Muñoz, y algo de prima sureña de Mónica Bellucci. Tenía mucha “línea de luna”, que escribió Federico, a quien ella nunca había leído, tan lorquiana de España. Enseguida pilló camino en las variedades, y se hizo una gira de María Magdalena, en un Jesucristo Superstar de mucho bolo andaluz, y en riguroso play back, donde un debutante Antonio Banderas cumplía un papel, o dos, o tres, según el día, y las bajas en el elenco. Antonio hoy, en el funeral, le ha colocado a María una gran corona emocionada de flores. Yo la frecuenté mucho en los noventa, desde el noviazgo con Joaquín Cortés en adelante, hasta que ella se ensimismó en el cáncer, o el cáncer se ensimismó en ella. Del bailaor hablaba maravillas, y eso que los dos años de amor con el bailaor, rato arriba, rato abajo, no fueron racha sostenida de vino y rosas, precisamente. Cortés se ha acordado de ella vía twitter, o sea, que es un detalle. María siempre iba o venía de un viaje lejano y acaso inútil, buscando una espiritualidad que nunca estaba en los abalorios o amuletos de liturgias recónditas y preferiblemente orientalizantes. Pero nos traía al personal incrédulo muchos abalorios o muchos amuletos, y viajaba, porque nunca cesó en la lucha por la paz, interior y de la otra. Tenía, por instantes, algo de entrañable morena un poco locatis, pero enseguida se veía que su desorden de racha no era sin bonhomía permanente de chica que está en su mundo mágico, y casi de infancia. No ha sido un trueno de famosa, pero los obituarios generosos y halagadores son verdad, contra lo habitual cuando alguien muere, donde incluso a las peores vampiras hacemos benéficas, por precepto de la causa. Yo arriesgaría que estábamos ante una mujer que era mejor de lo que parecía, incluso. El cáncer la hizo última, en su propia familia. No es fácil la vida cuando la vida se pone entre jodida y muy jodida. Tenía una copa de amigas, desde Estefanía Luyk a Remedios Cervantes o Arantxa de Benito, que no fallaban. Que no han fallado. Eso, y un novio de futuro, Emilio Molina, al que el pasado puede habérsele vuelto otro porvenir doliente, y esperemos que no inacabable. Era María una optimista con mal pronóstico. Lo contrario de una Barbie, tan lorquiana de España.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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