La cuesta mayor de Madrid

Publicado por el abr 12, 2015

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En escalinata peatonal, en zigzag desperezado, se abre en Madrid la Cuesta de los Ciegos que anuda la calle Bailén, ahí en el rellano de las Vistillas, con la Calle Segovia, casi donde rompe el Viaducto. Ayer mismo conté doscientos cincuenta y cuatro escalones, que se escribe pronto. Es el más pronunciado desnivel de la ciudad, y los del Ayuntamiento lo tienen muy enfático de arbolado, muy decoroso de casi jardines, y bien regado. La Cuesta de los Ciegos, sí. Sugiere una leyenda que viene tal nombre de los milagros que entre los ciegos del sitio obraba San Francisco de Asís, de paso frecuente, en su momento, hacia el monasterio próximo. Otra leyenda abunda en que el nombre se adeuda a la costumbre de los ciegos, y de los pícaros, de hacer ahí aposento, en busca de limosna. La escalera, tan larga, es poco frecuentada, la verdad. No siempre fue esta escalera insólita, porque hasta principios de siglo era una brusca ladera de descuido por la que se deslizaban los jóvenes, en tobogán de riesgos. Por estos menesteres fue conocida también por el popular nombre de “Cuesta de Arrastraculos”. Es, en rigor, un invento de rara hermosura, esta escalera, por entre el barranco boscoso de la calle Segovia, hoy muy decorada de céspedes, farolas y hasta un jardín de entretenimiento para niños. Por aquí hubo río un día, haciendo verdad aquel viejo lema de la Villa de Madrid: “Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son”.Desde la corona de la escalera, en las Vistillas, se vislumbra una apoteósica vista de la Catedral. A pie del primer peldaño, desembocando en los peraltes de césped de la calle Segovia, se apunta una breve placita, con fuente de piedra en medio. Si nos fijamos, tiene labrado un escudo de corona republicana, acaso el único escudo de Madrid con corona republicana, según los estudiosos del género, un escudo que sin duda pasó inadvertido durante los cuarenta años de franquismo, y ahí está, como reliquia y también como rareza, vecino a unos columpios donde algunos críos se alborotan, a diario, a la salida del colegio. La biografía de esta Cuesta de los Ciegos incluye un pasadizo, aún abierto, cuyos muros se construyeron en mampostería de pedernal. Algunos paseantes estudiosos arriesgan que esta galería oculta, o semioculta, y singularísima, pudiera abrigar restos medievales. Y la misma biografía, pero en su costado más frívolo, nos trae el recuerdo de una película de Mariano Ozores, “Yo hice a Rocky”, carpetovetónico producto del año 80 donde Andrés Pajares, de púgil cómico, junto al inevitable Fernando Esteso, entrena subiendo y bajando muy de mañana, como un Stallone nacional, los peldaños incontables. Es, sí, la Cuesta de los Ciegos, de la que Mesonero Romanos escribió “aunque más de cuatro han visto en ella lo que no querían”. Maldades de las sátiras de la época. Que casi sirven para hoy mismo.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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