Bajarse, o no, en Atocha

Publicado por el Mar 29, 2015

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Arriesgan los poetas del viaje que los trenes son siempre trenes nocturnos, y esto queda muy bien para un arranque de novela, pero no para la Estación de Atocha, donde los trenes vienen y van, día y noche, en promiscuidad alegre. Quiere decirse que el viaje largo, literario y de pormenor, es aventura ya antigua, y acaso extinta, porque la Estación de Atocha es varias estaciones, donde se alterna el AVE con los trenes rápidos de cercanías. Ahora hay mucho jaleo, por la vacaciones de Semana Santa. En rigor, la Estación de Atocha es un cruce de andén de alta velocidad y jardín de trópico artificial, según una de sus últimas remodelaciones, cuando metieron dentro de la estación un palmeral, con el consiguiente susto estético, y escénico. Al palmeral ya nos hemos acostumbrado, y hay quien incluso aportó en algún momento algún galápago errante al estanque correspondiente, y ahí sigue, el galápago, ya más sedentario, y el estanque, tan sucio o tan limpio como siempre. A finales del siglo XIX sufrió un serio incendio, y se acometió una de sus grandes remodelaciones. La última fue a finales de los años ochenta, para reensanchar su capacidad. La estadísticas acreditan que pudieran pasar por aquí cien millones de pasajeros al año. Hoy, la estación es un cruce de trenes que saludan como relámpagos y un centro comercial que abraza todo el bullicio propio de un sitio donde el gentío viene, o va, atareado de maletas. Igual te compras un i.pad, mientras llega el tren, que un fular de la última generación del diseño. La estación de tren arrastra mucho prestigio literario, desde siempre, lo que quiere decir que también reúne mucha tradición, pero la estación de Atocha tiene ya más vértebra de aeropuerto que alma de apeadero, con lo que se encuentran en el sitio antes las prisas que los romances. Pero romances hay, si uno se fija, y despedidas de película, sólo que con maletería samsonite y una café de diseño entre amantes que miran el reloj en el móvil, y no el gran reloj de época que preside la estación, rey aéreo en la fachada, mirando a la glorieta. Bajo ese mismo reloj, allá por los desabrochados ochenta, antes de la última gran remodelación, avivada por Rafael Moneo, tuvo la ciudad una de sus terrazas memorables y punteras, donde los famosos iban a ajetrear guapas, o al contrario. Si miramos al fondo de su biografía, en días posteriores a la inauguración de 1851, nos sale que la estación de Atocha se llamó embarcadero,  un término de uso común en la época para señalar las primitivas estaciones ferroviarias. Si miramos su biografía más reciente, nos sale la imborrable estampa estremecedora de los atentados terroristas de marzo del 2007. Entre los días de embarcadero y los días de anteayer mismo, está la vida pasajera de la ciudad, a la que Joaquín Sabina le puso el estribillo: “Yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”. Sólo que muchos en Madrid no se quedan. Felices vacaciones.

 

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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