Un duque interior

Publicado por el Mar 16, 2015

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Don Alfonso Díez Carabantes es un duque viudo que antes fichaba de funcionario. Ahora ha salido de la Casa de Alba casi sin entrar, en rigor, porque lo suyo duraba lo que durara el matrimonio con la duquesa, aquel matrimonio por bulerías, aunque con mucho notario previo. La biografía de Don Alfonso incluye que le gusta la serie “Mad men”, que le complace la vida de discreto, y que le gusta mirarse al espejo, aunque no lo diga, porque se conserva. Menos guapo, se le dijo de todo, en su momento, pero hay que reconocer que se le ve hecho un tipo de lámina, un palentino veterano que prospera mucho en las distancias cortas, y lo escribo porque nos vimos una tarde en un cóctel, convocados por José Tomás, y se sostuvo Don Alfonso exquisito conmigo, durante un rato difícil, mientras su hermana, allí presente, me pegaba una bronca animosa, epocal, y bien medida. Venía el desahogo de la mujer porque yo venía de vacilar quizá demasiado con la soltería longeva de Don Alfonso, en algún artículo, y me soltó la hermana el correspondiente pregón recriminatorio. Pero Don Alfonso, ya novio de Cayetana, estuvo en su sitio inalterable, y casi quedamos como amigos, sin despedirnos. Las retratistas finas de peluquería añaden siempre que tiene Don Alfonso un buen tipo, y yo certifico que aguanta muy bien el tipo, que no es lo mismo, pero casi sí, en su caso. Como doña Cayetana era un poco punki de volantes, se empeñó en ponerle a Don Alfonso un palacio, o varios. De modo que hubo boda. Hasta que se acabó la vida de palacio. Antes de aquella boda histórica, podría entenderse que Doña Cayetana llevaba dos agendas, que es como decir una doble vida. Una agenda, con las citas de prometida. Otra agenda, con las citas de la familia propia, o bien protocolarias. Lo digo porque los hijos ilustres de la duquesa fueron a la boda porque no quedaba otra. Luego Don Alfonso se hizo un sitio de aprecio, y quizá hasta de apego. Comprendimos, en aquel bodón, a la duquesa, que siempre fue a su albedrío, pero controlando, y a Don Alfonso, que la quería, a pesar de piropearla como “mi porcelana”, o “mi porcelanita”, que no sé yo qué es peor. Y comprendimos también a los hijos inquietados, que miraban con cautela al funcionario, pero con cautela aristocrática, que es como decir que el amor hay que pasarlo un rato por notarías. Ahí cada cual se salió con la suya, cabreo arriba, cabreo abajo. Doña Cayetana fue una rebelde de largo currículum, y en sus años últimos miraba a menudo la agenda, a ver si ese día tocaban hijos, o tocaba novio. El novio pillaba a menudo el tren de Madrid a Sevilla, como los amantes antiguos, como el amante antiguo que era, y quizá aún es. Hasta que se tituló marido, y duque consorte de Alba. Fue novio paciente, y aristócrata inesperado, quizá porque el palacio siempre lo llevó por dentro.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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