Un éxito de romería

Publicado por el mar 8, 2015

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A la entrada de la basílica del Cristo de Medinaceli, casi en la embocadura de la Plaza de Neptuno, en Madrid, se ha cumplido el ritual de siempre, por estas fechas. Se trata de la gran cola que, durante días, cumplen los fieles, entre la acampada y la devoción. Calculando deprisa, llega la cola asombrosa desde la primera esquina del templo hasta la calle Atocha, pero hasta copar a modo un gran tramo de la calle Atocha. El gentío ha colocado, durante casi una semana, sus cartelitos de cartón, señalando su sitio correspondiente: “Minerva y familia”, “Somos el 34, 35 y 36”, o bien “Puri, 73”. Eso, más una hamaca, para hacer domicilio a la intemperie, durante cuatro o cinco días, según las prisas que cada uno ha querido darse. No faltan estufas y mantas. Hubo mucho picnic de cartón recostado en la acera, como improvisado nido, y así la multitud da una cabezada, o se va dando cháchara hilada, o se pasa a la acera contraria, donde da un solecito intemporal, y hay bares de abastecimiento. ¿Y todo para qué? Pues para llegar cuanto antes al besapiés del Cristo de Medinaceli. Una tal Manoli, del barrio de Usera, lleva cuarenta años sin fallar a esta cita, y entiende que la molestia de aguantar unos días en la calle es “mucha molestia, pero poca, porque el fervor puede con todo”. Carmina, que está a tres hamacas de distancia, lleva once años cumpliendo esta visita, y nos recuerda que la tradición dicta que hay que pedirle al Cristo tres deseos, porque uno siempre será concedido. Ni Manoli, ni Carmina, ni nadie, nos aclara si es cierta la posibilidad de comprar “un buen sitio”, según la picaresca habitual en esos días de vísperas de hacer cola para un gran acontecimiento, sea de carácter religioso, o artístico, o deportivo. No lo aclaran, ni ellas, ni otras, pero es algo que se habla mucho ahí, y hasta se llega a cifrar en cien euros la cantidad por la que te cuidan el sitio, durante tres noches. Es lo que el chisme anónimo llama “un contrato de relevo”, aunque en chisme anónimo se queda la cosa. Con ayuda de relevos, o sin ayuda, el gentío madrileño tiene en el primer viernes de marzo una tradición sin desmayo. Jesús de Medinaceli ha despertado a veces mayor devoción, incluso, que el castizo San Isidro. La talla que se venera carga fama de milagrosa, naturalmente. Y de viajera. La llevaron los capuchinos al norte de Africa, allá por la segunda mitad del XVII, y de allí fue rescatada, como si de un ser vivo se tratara. Para resguardarse de la Guerra Civil, después, viajó a Ginebra. Los devotos le acuden en romería de mucha espera. Cada año.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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