Un jardin clandestino

Publicado por el Feb 25, 2015

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UN JARDIN CLANDESTINO

No es Madrid ciudad demasiado populosa en parques, y aún menos en jardines, pero de pronto se da por ahí una maravilla recóndita, una reliquia insólita, un recodo impensable que tiene todo el gran susto de la belleza. Así, el Jardín del Príncipe de Anglona. Un jardín, cualquier jardín, visto así a bulto,  en un reojo general, viene a ser un parque más la poesía, pero este que hoy glosamos es eso mismo pasado por el romanticismo, porque se trata de uno de los ejemplos escasísimos, en la ciudad, de jardín nobiliario del siglo XVIII. Queda en la desgarradura norte de la Plaza de la Paja, y tiene un prestigio de jardín oculto, casi clandestino, porque vive entre tapias, y a él se accede por una puerta breve y enrejada, como si entráramos a otro siglo, sigilosamente. En su origen, el jardín estuvo vinculado a la casa palacio que está aledaña, una casa que tuvo ilustres propietarios, desde Antonio Alfonso Pimentel y Herrera Ponce de León, XI Conde de Benavente, hasta Pedro de Alcántara Téllez Girón, Príncipe de Anglona y Marqués de Javalquinto. Hubo más. El jardín, tal y como hoy se visita, fue un encargo de los Marqueses de la Romana a Winthuysen, pintor y diseñador de jardines, allá por el 1920. Hoy este jardín es de titularidad municipal, y está abierto al público, aunque es un lugar de soledad silenciosa. Ni los japoneses de la zona turística, que fotografían hasta las farolas, suelen descubrirlo. Ya digo que queda en un costado de la Plaza de la Paja, asomado en altura sobre la calle Segovia, sobre un terraplén artificial. Si miras desde la calle, ves una muralla. Si miras desde el frente contrario, apenas se sospecha que aquello es un paraíso en síntesis, abierto al transeúnte. Pero es una joya ensimismada, un sitio de ocultamiento, una esquina que está en vuelo, entre madroños y almendros. Algunos adolescentes vienen a media mañana a jugar al amor, que es cosa que ya va extinguiéndose en los parques, porque hoy los parques son internet. Aquí está el tiempo parado, a contracorrientes del estrés de la ciudad, entre rosas ciertas y pilastras pensantes.

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