Isabel o el photoshop interior

Publicado por el feb 23, 2015

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Hubo épocas en las que Isabel Preysler no salía de una portada, que no es lo mismo que salir en una portada. Pudiera llegar a pensarse entonces que tan fina mujer no existía, pero luego resultó que se divorciaba, se casaba y hasta salía a algún cóctel. O sea, que sí. Claro que existía. Existía, y existe. Ha enviudado, hace poco, y la otra mañana se presentaba en el Villamagna de novia de una crema propia. Cuando se le murió Miguel Boyer, escribí alguna cosa, aquí, aupando su elegancia de apenada. Enseguida me llamó al móvil, porque es elegante de dar la gracias, que es un gesto que ya no cumple ninguna famosa, noble o de garrafón. Para Miguel sólo tiene palabras de admiración, y suenan sinceras, porque Isabel es de las hermosas que distinguen la inteligencia, y hasta la codician. En algún momento, le he recordado a Isabel que en los años de esplendor de la “beautiful people” era ella mal mirada entre las mujeres de los amigos de su entonces novio, y después marido. Pero ella sonríe, bajo simpatía de despiste, y me habla rápido de Boyer, que es un modo, en efecto, de ahorrarse algún piropo de cianuro para las que en los años ochenta, tan conspiratorios, sólo veían, o querían ver, en ella, una monada de peligro, una oriental con armario de maravillas. Isabel es un alterne de mañanas de pantalón de pinzas, más camiseta, y noches de fastuosos diseños de Loewe, o Carolina Herrera, o Miguel Palacio. Eso, si la rememoramos cuando salía en la noche, porque ahora es una profesional de la mañana, sin salir apenas de su casa de Puerta de Hierro, donde hasta hace gimnasia. Le pregunté un día la clave de la elegancia, y me soltó que en no creerse elegante. Estamos ante una elegante con titulación, porque sale siempre campeona en las encuestas al respecto, que ensalzan su exotismo de mujer de línea y su erotismo de túnica holgada lo justo. No está en propósito la venta de su casa. Con Florentino Pérez no tiene nada. Ultimamente, parece haber dado el relevo de bombones de portada a sus dos hijas, Tamara Falcó y Ana Boyer, pero el relevo no es tal, o no lo es tanto, porque la Preysler sigue ahí, impecable de lámina, como una hermana mayor de las dos, más que como una madre. La Preysler es la Presyler, aún. La juventud tendrá muchos méritos, pero le falta la elegancia, que es un cruce de indiferencia y divorcios. Su estilo tiene el morbo  de la mujer que se prefiere callada, que es en ella un modo que ejercer el dulce susto de ser extranjera. A Carmen Martínez Bordiú dejó de dirigirle la palabra porque no defendió a Chabeli en el plató inaugural de un “Tómbola” incendiario. A mí me envía cartas de letra esbelta, y de estilográfica. Quién lo diría, en la musa del photoshop. Pero del photoshop que siempre va por dentro, desde que era el desvelo de Julio Iglesias.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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