Incendio de Tabacalera

Publicado por el Jan 16, 2015

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José Manuel Ciria es uno de los nombres cimeros, consagrados y aún jóvenes de la pintura nacional, o internacional. Algún día escribí que  Ciria es “un solista del relámpago”, porque prospera en su obra un gobierno de la desmesura, una afinación del resplandor, una armonía de la fiereza, o bien todo junto, bajo aquel pronóstico de André Breton que asentaba que la belleza moderna será convulsa, o no será. Ahora, Ciria ha incendiado los espacios de Tabacalera, ahí a un costado del Rastro, con su pintura feroz, incandescente, personalísima. Se trata de una muestra retrospectiva, titulada “Las puertas de Uaset”, que incluye obra próxima, o remota, de sus últimos años de mucho oficio, que han venido sucediendo en Nueva York, en Roma, en Berlín, ahora en Londres. De vez en cuando se deja caer por Madrid, como ahora, y va y la lía. Esta muestra es un Ciria antológico, pero también una muestra show, porque se sirve de lienzos, telas de camión, fotografías o collages. Y entrecruza los soportes, y las técnicas. La catástrofe, en él, es un reordenamento. La entrada a la muestra es un susto magnífico de lienzos suspendidos, como si de pronto la obra se ahorcara desde los techos altísimos del sitio. Esta la cosa entre lo fantasmal y lo estupefaciente. Ciria, aquí en Madrid, mantiene un estudio que es el Bernabeu de los estudios de pintor, y de pronto en siete u ocho días hace el trabajo de dos o tres meses, y aún saca un rato para unas cervezas con los colegas. Yo sospecho que Ciria es varios Cirias, que se reparten por ahí, embrujando galeristas, frecuentando mujerío, acordando museos, y cumpliendo obra y más obra. Hasta saca tiempo de coger el móvil, el tío. Yo creo que Ciria es una tribu. Yo creo que hay mucho Cirias en Ciria, que es único. En Nueva York tuvo un loft de spot, en Berlín estuvo una temporada, y se cansó. Y ahora en Londres vive bajo aquella máxima de Rimbaud: “Es artista es un ladrón de fuego”. Aquí tiene un taller, ya digo, donde las grúas pueden entrar hasta el baño. Expone a la vez en Méjico, en Argentina, en Moscú. No creo que le disguste que probemos a encerrarlo en aquella frase de Pavese: “hay que ser brillamente monocorde”. El propio Ciria lo expresa a su manera, entre la ironía y la provocación: “La vida es demasiado corta para tener más de una idea”.

Todo, en nuestro artista, tiene la desconcertante salud del exceso, incluida, naturalmente, su pintura, que es un relámpago vivo, un volcán de armonía, un latigazo de sentido, entre el gesto y la geometría. Después de un día de barahúnda, desde muy temprano, va y se despide con el sarcasmo de siempre:

-Voy a ver si de una puñetera vez me sale un buen cuadro.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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