Caravana para mirones

Publicado por el Nov 28, 2014

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Dentro del Parque del Retiro, en medio del Palacio de Cristal, hay una caravana solitaria, como recién caida del cielo concéntrico del sitio, como venida de golpe de unas lejanías sin tiempo. Se trata de una caravana, o roulotte, a la que han dado sitio ahí los artistas Janet Cardiff y George Bures Miller, dos creadores canadienses que hacen pareja de milagros, desde los noventa, trabajando el oficio de la instalación, pero la instalación de atmósfera onírica, y también sonora. De modo que estamos ante una caravana que no es una caravana, naturalmente, sino un mundo ajeno al que podemos asomarnos por diversas ventanas, en una invitación al voyeurismo que es también una invitación a la imaginación. Nos asomamos a un mundo de la vida de otros, a una intimidad de desconocidos, a un parado clima donde hay una bella durmiente de silicona que es una réplica de la propia Janet Cardiff, y luego una parroquia dispersas de marionetas que llevan su propio infarto de música o coreografía, entre el susto y la bienvenida. Se nos convida al arte de mirones, pero unos mirones que se ocupan de un espacio de escenografía donde todo existe, y no existe, porque todo se imagina, porque acabamos de irrumpir en una intimidad ajena y, como tal, misteriosa. Obstinadamente misteriosa. Los mirones vamos en sigilo de rodeo, como quien se acerca a un peligro, o a un regalo, y metemos al fin la cabeza por alguna de las varias ventanas de esta roulotte impredecible, y ahí está ante nosotros un tiempo y una vida que corresponden a otra persona. Hay muñecas pulcramente decapitadas, títeres que de pronto despiertan, seres de juguete que, de repente, pillan un desperezo de ánimo. Se observa una geometría del caos, una armonía del albedrío. La cosa es como pegarse un voltio por un desván de no se sabe bien qué siglo, pero sin entrar del todo en el desván, lo que añade encantamiento a la atmósfera y mecánica a la curiosidad. No sé si ha sido Cardiff, o quizá Miller, quien ha rebautizado esta experiencia como “teatro cubista”, y por ahí va la apuesta, sí, que además incluye un breve teatrito propiamente dicho, en una de las ventanas, con pupitre enfrente, para sentarse a ver la escena de una doble marioneta de pianista mágico y mecánico y su corista enfática. Todo se arropa de una música que suena de llamada hipnótica, en principio, por unos altavoces grandes, en la copa de la caravana, hasta que luego la música es muchas músicas inquietantes. Son la orquestación de la entraña de una roulotte de marionetas que está ahí quieta en medio de Madrid, como un velero fantasma, como una verdad ajena.

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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