Jesús Aguirre, entre Ratzinger y el Hola

Publicado por el nov 24, 2014

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Creo que fue la propia Cayetana quien dejó para los siglos la frase definitoria y definitiva de la primera sensación, a propósito del retrato de Jesús Aguirre: “me pareció un papel secante”. Hablaba de un primer encuentro con Aguirre, en Marbella, a finales de los setenta, en la casa de los duques de Arión, y hablaba del que iba a ser “el hombre más importante de mi vida”, según opinión reiterada de la aristócrata, ya sin metáfora. Fueron matrimonio durante dos décadas recumplidas, y el título de duque de Alba lo llevó Aguirre con naturalidad de señor listísimo, que es lo que fue, desde la infancia. Nació de madre soltera, se logró teólogo de tronío, incluyendo la amistad, en Munich, de Ratzinger, y confesó o casó o bautizó, mientras fue cura, a la copa de la izquierda española del momento. Se aburrió, quizá, de saberlo todo, que es como llaman a tener dudas algunos filósofos, como él. Cultivaba la ironía de maldad en media docena de idiomas, paseaba por Liria como si ahí hubiera tenido colgado el albornoz, desde siempre, y editó y tradujo, en Taurus, todo el pensamiento moderno europeo, que aquí era lejanía o nada. Tuvo reverencia de amistad, y de magisterio, para José Luis Aranguren, y le dio apadrinamiento de primeros libros a Fernando Savater. Diríamos que fue el duque de la movida, pero no sólo porque nutre y prestigia el álbum de los archifamosos de aquellos ochenta, sino porque puso ademán de modernidad brillante en los salones de la aristocracia, tan poco iluminados a menudo de gentes que leen a Kavafis con los calcetines color fresa puestos, como él.   Fumaba puros y sostenía amistades antiguas, como el escritor Juan García Hortelano, que decía envidiar del palacio de Liria un surtidor propio de gasolina, antes que un Velázquez. Umbral me contó que le gustaba al duque heredar, en la noche, los chales de Cayetana, cuando refresca. “Era pura ficción”, arriesgó un día Manuel Vicent, en las vísperas promocionales de su libro “Aguirre, el magnífico”, que metió en un cabreo monumental a Cayetana. Ahí está la inteligencia fina, larga, peligrosa y amenísima de aquel duque de Alba. Entre la escuela de Francfort y el Hola.

 

 

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