Aute, en otro papel

Publicado por el Sep 29, 2014

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La otra tarde, en Madrid, se presentó el libro “Poesía amiga y otros poemigas para Aute”, un homenaje a Luis Eduardo donde se reúnen varias firmas, desde Luis Alberto de Cuenca a Germán Coppini o Carlos Edmundo de Ory. No se trata de imitar a Eduardo, en libro, pero sí de hacer poesía hermana, esa poesía que él hace, entre la minucia y la revelación. Aute es un elegante, y su linaje se va perdiendo, porque su linaje es él, y poco más. Frente a la elegancia de última sastrería, que es un cruce de catálogo de moda y visa platino, está, naturalmente, la elegancia interior, tan abrigada de vivencias, una elegancia innata que los cronistas urgentes llaman un estilo. El estilo. Entre estos hombres contados, se nos aparece Luis Eduardo Aute que va por la vida con su descuido de media barba cuidada y sin conocer la corbata.Me interesa de él una rara suerte de dandismo interior, que enseguida se pone a hablar en vaqueros, pero es dandismo. Lo explicaré de otro modo, citando al clásico: “He cometido muchos errores en mi vida, pero nunca el de cambiar de estilo”. Pues eso. Se puede ir vestido de chaleco recamado en oro, que por cierto vuelve a llevarse, y se puede ir vestido sólo de mil camisas negras que son siempre la misma, porque lo que Eduardo pasea entre las gentes es su espíritu lírico y ensimismado, siempre muy quieto en sus botas de media caña, que también son mil y son la misma. Eduardo va siempre vestido de Aute, y en su aliño indumentario pinta más un cigarrillo existencial que una chaqueta de escaparate. No es fácil saber cómo viste Aute, si uno no se fija a fondo, porque pueden siempre sus maneras de impecable pereza y su voz usada de metal nocturno. No estoy señalando sino la personalidad por encima de la imagen. El genio por encima de la pose.Va a contracorriente de la moda, y no sólo en materia de trapos, sino también de otras tendencias poéticas, o musicales o pictóricas, que son sus géneros de artista que pasa mucho de los géneros. Aute practica un modo propio de estar en el mundo, pero sobre todo un modo de no estar, que aún más importa, barajando la tristeza sin cura y la estatura de lentitud. La tristeza digo, sí, y también la estatura. El elegante se afianza en el alto, y la tristeza prestigia la distinción, porque la alegría es vicio propio de campeones de la Champions y señoritas en vísperas de boda. Tiene Eduardo algo de recién cansado, pero el tío no para. De repente es un pintor que te pega el susto cuajando un disco memorable y al día siguiente es un poeta que  te prepara el sobresalto de dirigir una película de dibujos animados propios. Y todo sin quitarse el mismo vaquero gastado, que en él son mil vaqueros antimoda. Flota en todas sus cosas un desmayo de esteta, y una reversión de sí mismo, bajo aquel lema de Píndaro: “Aprende a hacerte el que eres”. Cuando se lleva el estilo de no tener estilo alguno, en el arte y acaso en la vida, como ahora, procede la reivindicación de la huella digital, del “yo” único, de la figura propia, ajena a todo y a todos, y en esta reivindicación está la porfía y está ya el magisterio de Aute, que parece cansado de inventarse, pero que ni se cansa ni nos cansa. Es inconfundible, y perdonen el tópico. Resulta elegante incluso cuando no está. Pongan un disco suyo, o léanle un poema, y verán lo que digo. Mírenle en el papel de este homenaje de amigos poetas.

 

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