Jagger, un cara, una cara

Publicado por el jul 4, 2014

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No diremos que Mick Jagger ha hecho de todo en su vida para no resultar un elegante, pero casi. Un tipo que convierte en póster puntero del pop, para siempre, el dibujo de su boca, con lengua y todo, es un tipo que tiene difícil el trono trabajoso de elegante, pero no imposible. Jagger se ha logrado elegante a su pesar, o quizá no tanto. Me explico. Si uno se pega un reojo por su álbum fotográfico, tan nutrido, nos sale un Mick joven, en plan belcebú andrógino, un Mick posterior, cargado de desabrochada chulería, y el Jagger más reciente, al que coronaron Sir. Más o menos, el que ha estado en Madrid, hace días. En cualquiera de los varios Jagger, se aprecia un ser exótico, de torturada esbeltez, que está por encima de la moda, entre otras cosas porque la moda la acaba imponiendo él. A rachas tiene una distinción de andrógino, y a rachas tiene una distinción de gánster con foulard, que ya es ponerse a arriesgar. Pero hay siempre distinción, que es lo que importa. Hay varios peinados Jagger, que son más bien despeinados. Hay varias levitas Jagger, que son más bien contralevitas. Hay varios andares Jagger, que son más bien unos modos diversos de estar delgado. Todo no viene a avalar sino que Jagger muda en propio lo que toca, aupando de personalidad lo que en otro, o en otros, tan sólo queda como excentricidad prestada o bien trapo de portada de disco. En Jagger, la ropa de escenario es asimismo sastrería de particular, un particular que no nos interesa tanto por su loco atavío, aunque también, sino por su modo natural, espontáneo, mágico incluso, de poner de moda un mohín o una solapa. A fuerza de histrionismo, en escena y fuera de escena, ha reacuñado la naturalidad. No concebimos a Jagger imitando a Jagger. Pero imitadores le han salido a miles, y quedan siempre como feos que no aciertan la chaqueta o como chicos malos del marketing y con peor pelo. No concebimos a Jagger pareciéndose a sus imitadores. Si a Jagger lo pensamos guapo, nos sale un hermano de David Bowie. Si le quitamos a su ropa lentejuela, nos sale Keith Richards con buena cara. Todo lo dicho pudiera resumirse en que nos hallamos ante un ejemplar de personalidad sobrante, y esto casi resulta obvio en el líder de los Rolling, pero hay que apuntarlo. Jagger ha cumplido todas las edades de la delgadez y su estampa, década a década, camiseta a camiseta, póster a póster, se sostiene hoy con un decadentismo espléndido, cuando ha sido rebeldía de la moda y de la norma, que casi viene a ser lo mismo. Me aseguraba Umbral que la fealdad se cura con los años, y eso le ha pasado a Jagger, que hoy es tan  diablo como viejo. Fue un cara y es una cara. Una cabeza. Parece que inventara la ropa, y por eso da un poco o un mucho de reparo escribir lo fácil: algún día le diseñó vaqueros la gente de Balenciaga y muchas de sus camisas las firmó la casa Dior. Lo de ser Caballero de la Orden del Imperio Británico no le encumbra de elegante más que alguna de sus frases, más propias de embustero profesional que de sincero entrevistado: “No sé de qué marca es mi chaqueta”. Más nos gusta para él el título de siempre: “Satánica majestad”. Majestad aún queda. Quedará. Satanismo ya menos.  Puede pasarle hasta a un Rolling Stone.

 

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A ver de cerca el incendio, a convidarme a la tormenta, a poner bulería en la noticia diversa. A arriesgar, en fin, una opinión. Porque a veces “la vida no es noble, ni buena, ni sagrada”, según ya sospechó Lorca. A no... Más sobre «El Arpón»

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