El empleo, eso es lo que importa

Publicado por el Mar 8, 2011

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Durante los últimos días, ya casi semanas, el Gobierno nos ha tenido muy entretenidos debatiendo si limitar la velocidad máxima a 110 kilómetros por hora va a permitir ahorrar unos litros de combustible; si es o no el momento de cambiar el alumbrado de nuestras ciudades; o si deberíamos aprovechar la ayuda estatal y cambiar los neumáticos a nuestros automóviles.

Sinceramente, no sé lo que nos permitirá ahorrar este nuevo plan, pero creo que todas estas medidas son humo, una improvisación más con un único fin, dar la impresión de que se está haciendo algo, de que el Gobierno coge el toro por los cuernos. A diferencia de lo que ocurrió al comienzo de la crisis, cuando Rodríguez Zapatero y su gabinete se negaban a pronunciar la palabra crisis, ahora España y su Ejecutivo se ponen a la cabeza de la manifestación tomando medidas por si acaso hay desabastecimiento, o por si los precios del petróleo siguen subiendo.

Pero, que no se equivoquen los señores políticos. Me parece estupendo que se apliquen todas las medidas de ahorro público que puedan. Apaguen las luces de los edificios públicos; reduzcan los coches oficiales; ajusten las calefacciones y los aires acondicionados, pero no nos impongan a los ciudadanos tantos límites y prohibiciones. No es necesario y encima nos cabrea. El ciudadano de a pie, el padre y la madre de familia, tiene un presupuesto y, a diferencia de las administraciones públicas, se ajusta a él. Si el precio de la luz está por las nubes, como está, ya nos encargaremos nosotros de no dejar luces encendidas, de apagar los aparatos eléctricos, o de ahorrar energía como podamos. Y si el gasóil y la gasolina suben y tenemos un presupuesto para estos menesteres, ya dejaremos el coche en casa e iremos en tren, en metro, o en autobús, o reduciremos la velocidad. Disminuirá el consumo, no se preocupe señor Sebastián, pero no porque ustedes nos obliguen a consumir menos, sino porque ya somos mayorcitos y como dice la ley del mercado, si suben los precios, baja el consumo.

Pero mientras estamos entretenidos en estos menesteres, el Gobierno ultima la reforma de la negociación colectiva, un asunto que puede parecer complicado pero que afecta a millones de trabajadores y del que apenas se habla. Mover una coma en este ámbito es una tarea de titanes. Los sindicatos temen perder poder y que se reduzcan los derechos de los trabajadores que todavía conservamos nuestro empleo. Los empresarios se han refugiado en la excusa de la rigidez del mercado de trabajo para justificar el despido de más de dos millones de trabajadores. Y el Gobierno no se ha atrevido a ejercer de árbitro y a tomar medidas que flexibilicen el mercado, pero que a la vez den seguridad y garantías a todos los empleados. La reforma laboral ha sido una oportunidad perdida. La negociación colectiva es otra oportunidad. Ojalá empresarios, sindicatos y Gobierno sepan aprovecharla para crear el marco adecuado que permita crear empleo. Que nadie se engañe, ese sigue siendo el quid de la cuestión. Mientras no se ponga fin a la sangría del paro, y se genere la confianza suficiente para que las empresas empiecen a contratar a nuevos empleados, no saldremos del pozo en el que ya llevamos tres años inmersos.

Y en este escenario, celebramos hoy el día de la mujer trabajadora. La incorporación de la mujer a la vida laboral es, gracias a Dios, una carrera imparable. Pero en España todavía queda mucho por hacer. Todavía son las mujeres las que se quedan en casa cuando la pareja decide que uno de los dos debe tomar una excedencia para cuidar a sus hijos. Escalar a puestos directivos sigue siendo una tarea de titanes para las mujeres en la mayoría de las empresas. Y conciliar vida laboral y familiar es una tarea harto complicada, lo que perjudica especialmente a las mujeres. Pero se van dando pasos y se avanza, quizás no todo lo rápido que nos gustaría. Pero mi generación nada tiene que ver con la de mi madre. Y probablemente la igualdad en todos los ámbitos sea ya una realidad para mis hijas.  

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