Lo que vi en París (sobre los chalecos amarillos)

Lo que vi en París (sobre los chalecos amarillos)

Publicado por el 17/12/2018

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Hace una semana estuve en París, cubriendo lo mejor que pude el movimiento de los chalecos amarillos. Mi conocimiento de la ciudad se limita a nueve meses estudiando allí, unos cuatro trabajando y varios viajes durante los últimos ocho años. No es, por tanto, tan profundo como me gustaría, aunque intento pensar que la lejanía me ha permitido adquirir perspectiva, una posición que concede ciertas ventajas para observar. Lo que sigue es eso, unas cuantas imágenes, algunas notas, y seguro que errores.

Ideología. Mi primer contacto con los chalecos amarillos no fue demasiado prometedor. Se produjo en la avenida Víctor Hugo, cerca del Arco del Triunfo, poco después de superar un control policial donde los agentes registraron mi mochila. Un grupo de tres chalecos amarillos, que pasó la prueba poco después, fue la diana de mis preguntas. Creo que instintivamente me dirigí al más bajito de ellos, que también me parecía dueño de la actitud más amigable. Le expliqué que era periodista y me respondió con una sonrisa nerviosa. Detrás de él, uno de sus acompañantes, bastante más corpulento, se acercó hacia nosotros y se interesó por mi papel allí. Le repetí a lo que me dedicaba, y la contestación que obtuve fueron insultos y frases amenazantes. No insistí, pero sí saqué una primera conclusión, confirmada por otras impresiones que recogí más tarde: el movimiento tiene un componente antielitista, en el sentido de rechazo a los poderes tradicionales, lo que incluye a la prensa. Hoy, ABC ha informado de que Agrupación Nacional, el partido de extrema derecha dirigido por Marine Le Pen, se sitúa a la cabeza de intención de voto en las europeas de mayo. El partido de Le Pen, como otros de su cuerda en la Unión Europea, tiene alergia por los medios de comunicación, a los que tachan de partidistas y proclives a favorecer a los de siempre. Si el auge de Le Pen está relacionado con los chalecos amarillos, creo que no es de extrañar que muchos miembros del movimiento compartan ideas de esa formación. Lo que no sé es si ya las tenían o si las han adquirido durante las protestas.

Mis siguientes conversaciones con chalecos amarillos se produjeron en mejor tono, quizá porque el recepcionista del hotel donde me alojaba me aconsejó que hablara con gente de mediana edad o directamente con personas mayores. «Muchos jóvenes -me explicó- van drogados y solo vienen a romper cosas». Lo cierto es que las siguientes charlas me regalaron una nueva impresión: el movimiento es heterogéneo. Había un señor con un chaleco donde ponía Frexit -y que por tanto parecía favorable a la salida de Francia de la Unión Europea- que amablemente también evitó hablar conmigo -«nos habéis hecho mucho daño», me dijo- por ser periodista. Otros -muchos- llevaban la tricolor anudada a su distintivo fosforescente. Incluso vi a un chaval con una especie de botas altas, de tacón, de ese color, y a otro que vestía un mono de trabajo. La Marsellesa -componente patriótico- se cantaba de tanto en tanto. Los otros chalecos que accedieron a conversar repetían la misma palabra: «Mépris» («Desprecio»). Eso, decían, es lo que les transmitía su presidente, Emmanuel Macron. Algunos procedían de la banlieue parisina y otros de las provincias, como una chica bretona con un sombrero frigio -«todos los periodistas hablan conmigo porque llevo esto», me explicó con gracia- que había ido hasta allí con sus hijos -«Macron, démission!», canturreaba uno de ellos-, y que lamentaba no llegar a fin de mes.

Las referencias repetidas a los «bajos salarios» y las muy puntuales a los nuevos impuestos del carburante, que en principio fue el detonante de las protestas, me dejaron claro que el movimiento ya no iba de pagar más por echar gasolina o diésel. La semana pasada, el diario Le Figaro publicó un análisis con mapas donde explicaba que las protestas se vinculaban, sobre todo, a problemas relacionados con el poder adquisitivo y el nivel de vida. Los departamentos -el equivalente a las provincias españolas- donde los chalecos amarillos habían tenido más empuje compartían, además, otras características: lugares donde el número de personas con estudios universitarios es bajo, donde menos empresas fueron creadas en 2016 y donde el vehículo es imprescindible para ir a trabajar. Desde luego, el malestar económico explica que la furia de las protestas se dirigiera a las sucursales de los bancos: el domingo, en las avenidas aledañas al Arco del Triunfo, prácticamente ningún cajero funcionaba. La mayoría habían sido reventados.

Agresividad. Un buen amigo, que lleva siete años viviendo en París, me dijo algo: «Aquí hay mucha agresividad. Las casas son muy caras, los salarios no dejan vivir bien, y la gente en París está nerviosa, estresada». Un apunte: en la manifestación del sábado, se calcula que unos 10.000 chalecos amarillos salieron a la calle. Alrededor de 8.000 policías fueron movilizados. La protesta se saldó con unas mil detenciones. En Madrid, muchas manifestaciones superan con creces ese número de asistentes, pero los desperfectos y la violencia de los participantes no es ni remotamente similar. Tampoco las medidas que se toman para contener su furia. El 8 de diciembre, la ciudad estaba triste y apagada. La recorrí desde el Arco del Triunfo hasta Châtelet. Explico mi itinerario. Dicen que el barón Haussmann, que es el responsable de que París sea como lo conocemos hoy en día, sufría la enfermedad de la línea recta. Esa fiebre inunda los ojos del individuo que se sitúa en el Arco del Triunfo con la mirada dirigida a los Campos Elíseos: desde allí, se aprecia el obelisco de la Concordia, plaza donde decapitaron a Luis XVI; el arco del Carrusel, coronado por una cuádriga robada por Napoleón a los venecianos, que a su vez la habían hurtado al Imperio Bizantino; y el Museo del Louvre, con su famosa pirámide de cristal. Es una visión que emociona.

El sábado, hacer ese recorrido en línea recta era imposible. Las calles cercanas a la avenida de los Campos Elíseos se habían convertido en uno de los escenarios de la batalla campal entre «casseurs» -los manifestantes violentos- y los policías, enfrentamiento que cobraba especial furia a su final, muy cerca de la plaza de la Concordia, que estaba cerrada. Para llegar al Museo del Louvre, era necesario emprender el camino por los muelles del Sena, donde los policías también registraban las mochilas de los transeúntes. Cerca de la Torre Eiffel, ya de noche, un chico y yo contemplamos hipnotizados cómo un helicóptero de la Policía utilizaba su foco para señalar una ubicación violenta y ayudar a los agentes. Al final de los jardines de las Tullerías, cierto gentío. La rue de Rivoli estaba casi a oscuras, con la mayoría de sus comercios cerrados, algunos con tablones de madera. El guardia de seguridad de un supermercado, con familia en Guinea Ecuatorial, me explicó que era casi imposible encontrar tiendas abiertas hasta Châtelet. La violencia de la semana anterior había motivado esa prevención. La larguísima cola para comprar tabaco cerca de esa plaza -insisto, no había casi nada abierto- me demostró que decía la verdad. Sé que el mercadillo navideño de La Défense, que quedó al margen de la protesta, se benefició económicamente de la situación.

La mayoría de los ciudadanos con los que conversé el viernes por la noche en los Campos Elíseos rechazaban la violencia. Algunos, cambiando al registro de la confidencia, me explicaban que, sin ella, Macron no hubiera hecho caso a las movilizaciones. No sé qué opinar. Lo que yo piense tampoco importa.

 

Seguiré escribiendo.

 

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Los cuatrocientos golpes

En los créditos iniciales de la película de Truffaut, recorremos París sin perder de vista la Torre Eiffel. Algo así se propone este blog: pasear por la historia y la cultura de esa ciudad y, por qué no, de Francia entera.
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