Luis XVI en la prisión del Temple

Luis XVI en la prisión del Temple

Publicado por el 14/10/2018

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El historiador y conservador de la Biblioteca Nacional de Francia Charles-Éloi Vial publicó el pasado agosto «La famille Royale au Temple. Le remords de la Révolution» (Perrin, 2018), una obra donde reconstruye la vida de la Familia Real durante su encierro en la prisión del Temple de París en la Revolución Francesa. El 13 de agosto de 1792, el rey Luis XVI y la reina María Antonieta, junto a sus hijos Louis-Charles y Marie-Thérèse, y junto a la hermana del monarca, Madame Élisabeth, fueron llevados al Temple, un torreón medieval, y hechos prisioneros. De los cinco cautivos, solo Marie-Thérèse logró sobrevivir: Luis XVI, María Antonieta y Madame Élisabeth fueron guillotinados, y el pequeño Louis-Charles, Luis XVII tras la muerte de su padre, falleció de tuberculosis.

No he podido leer todavía el libro de Vial, pero me comprometo a hacerlo. Por ahora, lo que sí que he escuchado es una entrevista concedida a «Storia Voce» y subida a YouTube, donde explica parte de su obra. El historiador señala que la Familia Real sobrellevó el cautiverio gracias al cumplimiento de ciertas rutinas diarias, y a su fe. Luis XVI, poco después de levantarse, rezaba; los prisioneros también jugaban a las cartas o al ajedrez, y a veces paseaban. Sin embargo, eran observados constantemente, vigilados. Los guardias esperaban que de un momento a otro, en el calor de una discusión o por una concesión al miedo, un comentario desesperado probase su culpabilidad. Entre otras, recaía sobre ellos la acusación de contactar con potencias extranjeras para dinamitar los logros de la Revolución.

«Algunos revolucionaron fueron atormentados por terribles remordimientos durante sus últimos días por haber condenado a muerte a Luis XVI y María Antonieta», explicaba Vial a «Storia Voce». «Algunos se volvieron locos y otros se suicidaron, pero otros vivieron bien. Algunos regicidas llevaron la muerte del Rey como una cruz (…) Con el encarcelamiento, termina el lado luminoso de la Revolución de 1789, el de la Declaración de los Derechos del Hombre y la monarquía constitucional, y se cae en uno más sombrío, el del Terror», añadía.

Curiosamente, ese lado oscuro persiguió a Marie-Thérèse, que solo era una adolescente de 17 años cuando logró abandonar el Temple el 15 de diciembre de 1795. Su figura generó una atracción morbosa y todo tipo de leyendas; la más conocida, y fascinante, es la de la condesa de las Tinieblas, una mujer de alto linaje que vivió en Hildburghausen, Turingia, a principios del siglo XIX, y de identidad ignota, porque cubría su rostro con un manto negro que utilizaba para ocultarse. Durante décadas, se especuló con que Marie-Thérèse, abrumada por los sufrimientos de su juventud, y para retirarse de la vida pública, fuera el misterioso personaje; la hija de Luis XVI habría enviado una doble a Francia para apartarse del mundo con discreción. Una investigación relativamente reciente ha demostrado que esta posibilidad es falsa, pero -perdonad mi falta de rigor- la historia es preciosa, una especie de cuento gótico, y, por suerte, todavía no ha sido resuelta.

Marie-Thérèse dejó unas memorias sobre su encarcelamiento: «Derniers jours à la prision du Temple: Journal de la fille de Louis XVI et Marie-Antoniette».

¿Y los regicidas?

En su estupendo «Fouché. Retrato de un hombre político» (Acantilado, 2011), el escritor austriaco Stefan Zweig describe la votación de la Convención nacional del 15 de enero de 1793, cuando se decidió la muerte de Luis XVI. Fouché fue uno de los regicidas, uno de los diputados que votó a favor de la ejecución del rey. También fue un hábil chaquetero sin escrúpulos que solo se mantuvo fiel a sí mismo, lo que le hizo sobrevivir a las sucesivas sacudidas políticas que agitaron Francia desde 1789. La sombra de haber favorecido -traicionando a los girondinos- que la guillotina cayera sobre el monarca le persiguió décadas: «El duque de Otranto [Fouché] escribirá y pronunciará más tarde cien mil palabras para excusar, como una equivocación, estas dos palabras [La mort] que le estigmatizan de regicida, de asesino del Rey. Pero estas dos palabras están dichas públicamente, y anotadas en el Moniteur, no se las puede borrar ni de la Historia ni de su vida».

En «Vigilar y castigar» (Siglo veintiuno editores, 2003), Michel Foucault describe la crueldad de la ejecución de Robert François Damiens, condenado en marzo de 1757 por el intento de asesinato del rey Luis XV. Los regicidas, como explica Foucault, se asimilaban a los parricidas; es decir, intentar asesinar al rey era tan grave como intentar asesinar al propio padre. En conclusión, esa acusación, que en el Antiguo Régimen se castigaba con un suplicio inhumano y brutal, arrojaba una gran vergüenza sobre el que la recibía.

El último de los regicidas en morir fue Antoine-Claire Thibaudeau, que falleció en 1854. Me comprometo a escribir sobre él más adelante.

 

La imagen: «Luis XVI en el Temple de París», un grabado del Museo Británico.

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En los créditos iniciales de la película de Truffaut, recorremos París sin perder de vista la Torre Eiffel. Algo así se propone este blog: pasear por la historia y la cultura de esa ciudad y, por qué no, de Francia entera.
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