Sobre muchas cosas

Sobre muchas cosas

Publicado por el 22/04/2018

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Retomo, tras semanas de silencio, este espacio. Este domingo, echando un vistazo en Gallica, el portal de archivos digitalizados de la Biblioteca Nacional de Francia, he encontrado un artículo estupendo donde se detalla la documentación disponible sobre la Comuna de París. La Comuna fue un movimiento revolucionario que afloró en la capital francesa en la primavera de 1871, meses después de que la Prusia de Guillermo I infligiera una onerosa derrota al Segundo Imperio de Napoleón III. Las aspiraciones de los comuneros se vinieron abajo en mayo de ese año, cuando la insurrección fue reprimida por los «versalleses», las tropas concentradas en Versalles que respondían a las órdenes de uno de los padres de la Tercera República, a las del historiador y periodista Adolphe Thiers. En Père-Lachaîse, en un extremo de la maraña de tumbas y de reclinatorios de ese cementerio todavía asfixiante pero desvirtuado por el turismo y por el morbo absurdo, el «muro de los federados» se eleva como un espacio de conmemoración para la izquierda; fue allí donde los últimos combatientes parisinos, asediados, cayeron fusilados.

El artículo de Gallica propone leer los testimonios que los testigos de la Comuna, tanto sus partidarios como sus detractores, publicaron sobre los acontecimientos. Contrastar así las fuentes, encontrar los puntos en los que un relato difiere de otro o lo hechos que un bando omite y que su contrario exagera para presentar su causa como la correcta, es sin duda una labor ardua, pero también apasionante. Marc Bloch decía que una de las características del historiador es que se divierte con su tarea; me parece que esa capacidad para encontrar en el trabajo una veta lúdica es lo que se llama vocación. En fin. A lo que iba: trabajar con fuentes divergentes sobre un acontecimiento polémico. Estoy leyendo «Robespierre: una vida revolucionaria», la biografía que el historiador australiano Peter McPhee ha realizado sobre «el Incorruptible». En su introducción, McPhee nos ofrece una reflexión interesante: la principal dificultad que encontramos al abordar una biografía consiste en «escribir el pasado como si fuera presente»; nosotros ya conocemos el desenlace, el final de la persona sobre la que investigamos, pero no por ello debemos pensar que su vida no pudo tomar un camino diferente; en este caso, si Luis XVI no hubiera convocado los Estados Generales ante la crítica situación en la que se encontraba el Reino, ¿acaso Robespierre no hubiera terminado siendo un hombre anónimo, un simple abogado de provincias recluido en su Arrás natal junto a Charlotte, su hermana? Del mismo modo, ¿cómo saber si ser el primogénito de un matrimonio escandaloso y sufrir luego la muerte de su madre y el abandono de su padre convirtieron su temperamento en frío y rígido, rasgos exacerbados durante el Terror? ¿Y si superó ambos golpes gracias al cariño que recibió de otros familiares, como sus tías? ¿Y si el origen de su fanatismo fue otro?

Conocemos poco a las personas, y las consideraciones sobre su psicología, si no se dispone de una base documental amplia, pueden ser muy tramposas. Se miente en las memorias, aunque esas mentiras, si se detectan, nos pueden dar mucha información sobre su autor; los testimonios sobre un acontecimiento son interesados, y deben ser tratados con prudencia; en fin, nosotros mismos, al elegir unas fuentes y no otras, construimos relatos subjetivos. Por eso, a veces pienso que al escribir no se debería omitir el «yo»; no por alimentar el ego o como un gesto de soberbia, sino por honestidad y para potenciar la empatía del lector con lo que el responsable del texto le describe.

La biografía escrita por McPhee contiene anécdotas curiosas. Robespierre estudió en los oratonianos, y a los once años disfrutó de una beca que le condujo al liceo Louis-le-Grand de París, donde recibió una sólida formación académica. Alumno brillante, tuvo la oportunidad de presentar su respetos, como portavoz de los otros estudiantes, al rey Luis XVI y a María Antonieta. De vuelta a Arrás, se convirtió en un firme defensor de los derechos de los niños bastardos; allí coincidió con Joseph Fouché, cuando Fouché todavía era maestro de la misma orden religiosa que le había dado su educación.  Ya en la Asamblea Nacional, la frialdad de Robespierre ante las muertes causadas por los primeros altercados revolucionarios hiela la sangre.

Aquí terminan las reflexiones, bastante desordenadas, de hoy.

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Los cuatrocientos golpes

En los créditos iniciales de la película de Truffaut, recorremos París sin perder de vista la Torre Eiffel. Algo así se propone este blog: pasear por la historia y la cultura de esa ciudad y, por qué no, de Francia entera.
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