Sobre «Lady Bird»

Sobre «Lady Bird»

Publicado por el 16/03/2018

Compartir

Sé que este blog va sobre Francia y que últimamente no estoy escribiendo mucho sobre ese país, pero no quería dejar pasar la oportunidad de hacer algo un poco distinto en este espacio. He estado pensando sobre este texto mientras viajaba en autobús, en la línea de la Continental Auto que une Alcalá de Henares con Madrid; he tenido, claro, bastante tiempo para hacerlo, porque el atasco de la A-2 de cada viernes es de campeonato. A lo que vamos: he estado pensado en cómo y en qué escribir sobre «Lady Bird», una película que fui a ver el pasado domingo y que me encantó. Mi objetivo es explicar, aunque adelanto que no tengo muchos conocimientos sobre cine, el motivo por el que me gustó tanto. Aviso, también, de que tiro de memoria, por los posibles (y previsibles) fallos que pueda cometer.

«Lady Bird» cuenta una historia bastante sencilla. Christine, de 17 años, vive un final de adolescencia un poco difícil. Es una chica de una ciudad de segunda, de Sacramento, hija de una familia sin mucho dinero y por encima de todo deseosa de zafarse de la identidad que su situación le ha impuesto. Christine no quiere ser Christine, y por eso se hace llamar Lady Bird, que es un mote un poco ridículo pero que ella se toma muy en serio; tampoco quiere ser pobre, ni vivir en una casa pobre ni que su vida futura esté condicionada por todas esas circunstancias que no ha elegido. Por eso sueña con largarse «al este», con estudiar en una buena universidad y con mandar el resto al carajo. Esas ideas le rondan la cabeza durante su último año de colegio, cuando se echa el primer novio —que no le mete mano porque dice «respetarla», aunque luego nos enteramos de que es gay—, el segundo medio novio —el típico guay-alternativo, que se cree distinto del resto cuando es esclavo de las normas del grupo y de sus convenciones como el que más— y cuando su relación con su mejor amiga —una chica gordita que no liga pero que es brillante y que sufre, enamorada como está, por un profesor— pende de un hilo.

Hay bastantes motivos para que Christine nos caiga mal. De los desprecios que hace de su familia y de su lugar de origen se desprende un carácter orgulloso y prepotente, pero el hecho de que no tarde en estrellarse con la realidad —cuando empieza a salir con el grupo esnob, descubre que son unos perfectos payasos— aminora la primera mala impresión que nos ha causado. Me parece que en ese momento está la clave de la película, porque es entonces cuando decide volver con su amiga, de la que se ha distanciado, para asistir al baile —hortera, ridículo— de su colegio. Es entonces, quizá, cuando el personaje empieza a madurar; cuando descubre que va a abandonar un mundo que ha odiado pero donde ha sido feliz, porque desde él ha proyectado todas las ilusiones por las que va a luchar sin saber si va a conseguirlas ni tampoco si conseguirlas va a mejorar o no su vida. Es el viaje hacia la edad adulta, para el que no hay billete de regreso. Su madre —que recibe enfadada la noticia de la partida de su hija a Nueva York— no quiere alimentar sus sueños por temor a que se salden en una decepción. Su padre —que lucha, en secreto, contra la depresión— es el único que la alienta.

El final de la película es una maravilla. Christine aparece con sus maletas en Nueva York, donde finalmente va a estudiar gracias a una beca —o algo así— que le han concedido. Sale del metro, sube a su nueva casa; luego asiste a una fiesta donde conoce a un chico, que le pregunta por su nombre —y por primera vez dice que se llama Christine— y por su lugar de origen —responde Sacramento, pero como el chaval no lo ubica, opta por San Francisco—. Se emborracha. Mucho, como cualquiera que no está acostumbrado. Se tira de espaldas y grita «Bruuuuuuce» —así bautizaron su primer novio y ella a una estrella del cielo, una casta noche que pasaron juntos y abrazados— y después, cuando el tío con el que se ha encontrado intenta darle un beso, le empuja y vomita en el suelo. Me parece que acaba en un hospital. Con la cara hecha un cuadro —la cara de panda que deja el maquillaje tras una noche de fiesta que se ha ido de las manos— pasea por su nueva ciudad, hasta que entra en una iglesia —ella, que para acceder al grupo de los que molan le armó un follón a una monja— y piensa en su madre. Llama a casa y le deja un mensaje. No recuerdo qué le dice, pero es, en resumidas cuentas, que la quiere.

 Un elogio a la sencillez perdida, y a lo que importa de verdad.

Compartir

ABC.es

Los cuatrocientos golpes © DIARIO ABC, S.L. 2018

Los cuatrocientos golpes

En los créditos iniciales de la película de Truffaut, recorremos París sin perder de vista la Torre Eiffel. Algo así se propone este blog: pasear por la historia y la cultura de esa ciudad y, por qué no, de Francia entera.
Categorías
Etiquetas